MIÉRCOLES, 12 DE SEPTIEMBRE DE 2018
Arremete la condena de Friedman

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“El gran triunfo del liberalismo es lo que ha logrado en relación a la limitación del poder.”
Guillermo Cabieses

Ricardo Valenzuela







“El declive económico de México continuaría el camino inflación-recesión, el peso caía en una espiral de devaluaciones durante todos los años 80 hasta llegar a cotizar a solo una fracción del penny estadounidense...”


El declive económico de México continuaría el camino inflación-recesión, el peso caía en una espiral de devaluaciones durante todos los años 80 hasta llegar a cotizar a solo una fracción del penny estadounidense. Era el reinado de los keynesianos que también habían infectado a los EU como lo mostraban las administraciones de Nixon, Ford y Carter. Fue cuando Nixon haría famosa la frase; “ahora todos somos keynesianos”, pero Milton Friedman le respondería con un “yo no”.  

La anarquía monetaria internacional de 1972-87 causaba olas alternativas de inflación y deflación en todo el mundo. Pero en México los incrementos continuos de impuestos acompañados con frecuentes devaluaciones después de 1976 tornaban una situación internacional complicada en una severa crisis doméstica. Países deudores que habían reducido impuestos y estabilizaban sus monedas como Corea del Sur y Chile, para fines de la década habían abandonado sus problemas de endeudamiento y crecían.

Las teorías keynesianas que controlaran el mundo rodaban por los suelos totalmente desprestigiadas. Pero a finales de los 70s se reunía un grupo de amigos en el restaurant de Nueva York, Michael 1. Robert Mundell, ganador del premio Nobel de economía, Robert Bartley, editor del Wall Street Journal, Arthur Laffer, futuro jefe de asesores económicos de Reagan, y Jude Wanninski, periodista. Discutían el balance entre impuestos y crecimiento económico. Laffer tomó una servilleta para tener la visión plasmada y dibujó su famosa curva. Nacía el Supply-Side economics. 

López Portillo tomaba las riendas del país en diciembre de 1976 ante la oportunidad de establecer las medidas que rescataran a México, y no continuar resbalando en esa recesión-inflación. En su toma de posesión tendría un discurso verdaderamente inspirador y, al final, casi con histeria gritaba; “y por siempre vivirá México, viva México”, pero no decía que por siempre viviría jodido. Necesitaba convencer a los potenciales prestadores que las devaluaciones habían terminado. Debía permitir que los precios subieran tomando su nivel o México se convertiría en un gran mercado negro. Como la devaluación había enviado a toda la fuerza de trabajo a los niveles superiores de causantes, tendría que reducir impuestos para que se hicieran los ajustes y evitar el desempleo escalara a un ritmo peligroso. “La reforma fiscal debe ser rápida”, afirmaba el laureado Nobel Robert Mundell.

Pero se aplicaban las políticas opuestas con aumento de impuestos que colapsaba el peso, consecuencia del diseño de keynesianos británicos que recetaban los mismos remedios que el FMI siempre aplica. Durante los últimos años del régimen de López Portillo, su gestión estuvo afectada por un grupo de economistas y oficiales quienes, con la ayuda de asesores neokeynesianos de Cambridge, imponían el clásico plan de industrialización para el país. Un componente importante del plan era imprimir pesos para financiar la rápida socialización de la economía. López Portillo era un hombre arrogante y soberbio que sentía tener el mundo a sus pies.
Las inversiones gubernamentales desplazaron el sector privado viajando de 32% en 1972 a casi 90% a finales de 1982. El número de empresas propiedad del gobierno viajó de 780 en 1976 a más de 1,000 en 1982. En 1970 eran solo 82. El consumo del gobierno se incrementó de 10 a 15% de 1972-1982, agregando a la ilusión estadística de crecimiento del PIB. Pero no es fácil exportar plantas nucleares sin terminar, o burocracias crecientes, afirmaba Paco Gil Díaz. Con la avalancha de bienes y servicios ofertados por el gobierno, debido a las empresas expropiadas, había renuencia para aumentar precios y cubrir los costos inflados, lo que producía enormes pérdidas para agigantar el presupuesto con subsidios que agregaban el 9% del PIB al déficit de ese presupuesto.   

Con el crecimiento de la inversión, consumo y subsidios del gobierno, el déficit explotaba. En lugar de acudir al ahorro interno, la deuda se empezó a financiar con nuevos pesos del Banco de México, pero también con préstamos de los bancos de EU que presionaban para invertir el dinero fácil que inflaba sus reservas. En 1976, el definido como inventario de dinero (M1), se incrementó más de 30%: Después de casi 20 años de política monetaria conservadora que con éxito mantuvo un tipo de cambio estable, el Banco de México se convirtió en fuente de financiamiento del sector público. El país experimentó una serie de crisis. Importantes cambios en el tipo de cambio ocurrieron en agosto de 1976 y en febrero y agosto de 1982. El mismo Banco de México implementaba una serie de minidevaluaciones durante 1981 y pasaba a establecer control de cambios en agosto de 1982.    

Como siempre, el consejo angloamericano para México era usar lo que fuera, excepto un peso estable y moderada política monetaria, para reducir inflación. La revista El Economista, aconsejaba, “se deben reducir los salarios reales de los trabajadores (a través de inflación) y prevenir demanda doméstica resurgente que pudiera competir con las exportaciones”. Se le aconsejaba capitular con una inflación de 160% de nuevo devaluando el peso. Invadido con esa clase de consejos inflacionarios, así como excedentes de pesos y golpeado por el estallido global del mercado de valores, México de nuevo caía en la trampa de una devaluación en 1987. Miguel de la Madrid estaba desesperado y amenazaba con extender el control de precios, como represalia por lo que el gobierno consideraba precios excesivos en mercancías del consumidor. Luego coqueteaba con mantener los subsidios en alimentos.   

La amenaza del presidente de acudir de nuevo al control de precios creaba expectativas de escasez. Y esas expectativas promovían que los compradores acudieran a los comercios desesperados para luego dejarlos vacíos, pero también promovía que los hombres de negocios bajaran la producción y los inventarios y ello agravaba el ataque de la Estagflación. Provocaba también que las relaciones entre empresarios y gobierno se tornaran hostiles, contribuyendo al inusual y severo hundimiento del mercado de valores. La profunda depresión de las acciones mexicanas fue también agravada por la nueva política “flexible” de ligar devaluaciones a las reservas del banco central, lo que garantizaba la masiva venta de valores denominados en pesos cuando las reservas parecieran estar en peligro, y se arreciaba la devaluación.

El Banco de México declaraba que el tipo de cambio se manejaría para ser consistente con el logro del balance de pagos y objetivos de inflación, tomando en cuenta el comportamiento de las reservas internacionales, el balance comercial y un tipo de cambio efectivo y real. Pero balance comercial no es lo mismo que balance de pagos, y las crisis de pagos ocurren cuando hay fuga de capitales, o cuando se espera el banco central devalúe por ilusiones de ventajas comerciales. El comercio internacional debe presentar déficits siempre y cuando sea financiado con flujos voluntarios de capital mexicano y foráneo. La baja excesiva de las reservas internacionales es una razón para ajustar la política del banco central, no para devaluar.  

Sin embargo, de la Madrid prefirió bajar la bandera, abandonar la lucha y como decía mi abuelo, “el que venga atrás que arree”.


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