MIÉRCOLES, 9 DE ENERO DE 2019
El lenguaje musical y la música de las palabras

¿Usted considera que la política debe estar por encima de la economía?
Sí, la política debe estar por encima de la economía
No, la economía debe estar por encima de la política
No, la economía debe estar al margen de la política
No sé



El punto sobre la i
“Trato de tomar los mejores elementos de la justicia social y de la libertad económica. Lo que exploro es la posibilidad de una tercera constelación, más alta que las otras dos, moralmente mejor. Libertad económica, sí; justicia social, sí.”
John Tomasi


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“No hay manera de abarcar siquiera medianamente el inmenso, infinito tema de la música. Me baste por ahora decir que su efecto en el cuerpo es tan evidente como indefinible.”


Me he dedicado en mi vida a una de mis pasiones, el lenguaje. Lo he pensado y estudiado, independientemente de mi apasionante habla española (lo más profundo que sé del fenómeno del lenguaje lo he aprendido en inglés). Lo he practicado gustosamente en la conversación y la escritura, y comparto con el resto de mi especie el lenguaje como eso que genera la acción humana y la cultura y hasta la locura. He aprendido también cómo, en el lenguaje, los seres humanos nos asumimos y distinguimos como humanos, a diferencia del resto de la Creación.

Así como de lenguaje me considero un aprendiz consciente (y a ratos un poco más) nada sé de gramática. La detesté en la primaria y secundaria casi tanto como lo por mi más odiado: las matemáticas. Nunca nadie me dijo claramente para qué servían. ¿Qué me importaba saber para qué es un adverbio o una preposición, o para qué sirve la descomposición factorial o las derivadas o el cálculo diferencial? Al decir esto, corro el riesgo de que me increpe un conocedor. Ni modo. Me sirvió de lo mismo que saber que hay plantas fanerógamas y criptógamas. Vaya “aprendizaje” vacío e inútil. Vaya muestra del fraude educativo. Vaya desperdicio de tiempo, de energía, de angustias en la etapa formativa de mi existencia (que con grandísimo esfuerzo, tuve que desaprender a partir de la cota medianera de mi vida, 1986).

Mucho he escrito y publicado sobre el lenguaje y sus infinitas derivaciones pero no recuerdo haberme ocupado en un escrito de otro sonido, otra pasión que llena mis días, mis silencios, mis pensamientos, y desde mi infancia me acompaña a todas partes: la música, otra manifestación tan exclusivamente humana como el lenguaje.

Los sonidos musicales no me dejan, ni siquiera cuando estoy solo y en silencio. Todo el tiempo traigo una pieza pegada en la zona limítrofe de la consciencia, aunque inútilmente pretenda meditar poniendo la mente en blanco. Siempre en mis 16 o 18 horas despierto, y a veces en mis sueños, traigo una pieza musical encima. El sonido no me deja nunca.

No concibo nada más humano, ni lenguaje más universal. Mi amigo y maestro Raúl Hellmer, folklorista padre de todos ellos a principios de los sesentayocheros setentas, abrigaba el ideal de unir a los pueblos mediante la música. Conocía perfectamente su calidad de lenguaje universal cuando merodeaba por los pueblos de Michoacán. Morelos o Veracruz inmortalizando sones populares en su grabadora suiza Nagra, que reproducía en su jarana de madera clara fabricada en Cosamaleapan. Vaya tipazo inolvidable, hippie renacentista que en su nueva vida estará como yo, lleno de música.

A Beethoven le debo más de lo que puedo expresar, especialmente en una conversación sobre él hace 44 años al abrigo de Toulouse Lautrec; algo de lo más importante que habré hecho, y pocos conocen. Quizá podría dirigir la Novena de puro oído; para mí, la obra cumbre de la humanidad: una sinfonía tan enorme, que parece describir de principio a fin los avatares de la existencia humana. Es tan numerosa la 9ª a la música como la Capilla Sixtina, y los cuartetos de cuerda a la pintura de caballete. Ni siquiera Schubert le llega a los cuartetos de Beethoven, al que veo como una de las mejores muestras de cómo la humanidad puede alcanzar el nivel divino de los ángeles. Si pudiera subirme a una máquina del tiempo, mi primera opción sería ver en Viena una improvisación pianística del gran Ludwig van.

De Amadeus me asombran sus óperas y ciertos pasajes en que de plano llega al plano celestial, que comparte con el inmenso Wagner; en Parsifal parece también él haber encontrado el Santo Grial. De muy pocos puedo decir algo así. Y por favor, hay que agregar en la lista a Bach y Händel, especialmente en una época navideña y de solsticios y fenómenos que evocan un nuevo comienzo.

Que me perdonen los puristas pero (sin dejar de reconocer que es Juan Sebastián el mero jícamas del oficio musical, papasfritas de todos ellos) encuentro en los oratorios de Händel muestras inalcanzables de espiritualidad y maestría; el aprendiz Georg Friedrich se montó en los hombros de su maestro para erigirse en gigante. Y concuerdo con mi amigo René Platini en que a partir de la revolución francesa (cosa que también le había leído a Colin Wilson) la música tomó un carácter más mortecino, difícil, negativo, conflictivo luego de esa terrible conflagración. Un poco como el mundo…

No hay manera de abarcar siquiera medianamente el inmenso, infinito tema de la música. Me baste por ahora decir que su efecto en el cuerpo es tan evidente como indefinible. No puedo expresar en letras ese impacto, cosa que vanamente buscan los mayores poetas para evocar lo que sienten en su estómago, en sus suspirantes pulmones, en su ser y hasta en su aura. Es como la experiencia de la libertad para Mario Vargas Llosa: nada es más difícil que evocarla, a menos que nos la arrebaten.

¿Y qué decir del amor? ¿Del asombro? ¿De la experiencia de lo divino en la epidermis, donde quien sepa distinguirla siente la presencia indefinible de la divinidad y de su esencia: el amor? Pretender explicarlo es casi como tratar, arrogantemente, de concitar una emoción musical sólo hablando. Espero tu compasión al tratar de escribir sobre este inexpresable tema.

Regresando a la tierra, espero que el nuevo gobierno federal no pretenda trastocar el carácter de Radio Imer, 94.5 FM, compañía cotidiana que ayuda (con Spotify y más medios electrónicos) a que nunca jamás hayamos tenido tanto acceso a la música. Sería una pérdida que el pejegobierno pretendiera una estación lumpenizada de cultura “popular” y despidan al magnífico personal, entre ellos el mejor conocedor de ópera en México (Sergio Vela) o supriman el dominical Música para Dios del finado Ernesto de la Peña, que se despedía deseándonos “todos los privilegios de la vida”.

Es eso, todos los privilegios de la vida, lo que deseo para mis amigos y para mi muy unitario y desocupado lector, seas mujer o varón. No pretendo, como el gran Catón, tener cuatro lectores. Eres sólo uno y para ti pergeño estas líneas; persona individual que ingenuamente espero leas esto que escribo. Para ti, y para nadie más; y para todos los demás, que no estarán de más. Que el 2019 sea menos difícil; que el 2019 sea un año lleno de música.


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