MARTES, 11 DE JUNIO DE 2019
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“Todos los “derechos” sindicales tienen como base el ataque a la propiedad privada, sea al dueño de la empresa, sea al trabajador. Y ésta es la razón por la que el sindicalismo resultó un gran fraude que ha durado más de un siglo.”


El sindicalismo ha caído en desgracia, la historia de más de un siglo da cuenta del gran fraude que representó a pesar de las buenas intenciones, se convirtió en un mero mito y es la hora de sustituirlo por otros mecanismos.

En el principio, todo marchaba bien. Los nuevos empresarios de la Revolución Industrial de Inglaterra soñaban con producir lo que nunca antes se había producido y llevar sus nuevos productos a todo el mundo. Claro, aprovechaban los descubrimientos de las máquinas de vapor, las nuevas máquinas de textiles, la electricidad, los motores de combustión interna y tantas nuevas tecnologías que se producían por el desarrollo de la ciencia. El talento se había liberado y producía fenomenalmente.

Montaban fábricas, contrataban trabajadores, adquirían materia prima de lejanos países. La gente compraba cada vez más pues disfrutaban de bienes que les facilitaban la vida. Inglaterra se convirtió en un milagro industrial y polo de atracción para la gente del campo de muchas naciones. Campesinos jóvenes querían llegar a como diera lugar para mejorar la vieja vida de pobreza. No les importaba llegar a lo desconocido, dormir en la calle, pasar hambre con tal de lograr un puesto de trabajo en las nuevas fábricas.

El patrón, su socio o representante contrataba directamente al obrero, le indicaba su hora de entrada y salida, el salario que ganaría y nunca le puso una pistola en la cabeza a ningún trabajador para obligarlo a integrarse a la fábrica. El obrero era libre de abandonar la empresa y buscar donde le ofrecieran mejor salario; el patrón también podía despedir al empleado que no cumpliera las tareas.

Las ganas de tener los mejores ingresos hacían que las jornadas se extendieran a 12, 15 y hasta 20 horas de trabajo, algunos dormían al pie de la máquina textil. Seguramente también se dieron accidentes: obreros que perdían dedos o manos o de plano, morían por un descuido. Algunos otros se enfermaban por los vapores venenosos. Los empresarios tampoco cosechaban puros éxitos; muchos fracasaban, perdían sus inversiones, cerraban sus fábricas con un sinfín de deudas, no pocos terminaban suicidándose. Todos, obreros y empresarios vivían en un frenético ambiente no escrito, inédito y revolucionario. Pero toda la sociedad prosperaba.

Ese ambiente de industria, producción, inversión, salarios y condiciones de vida dio lugar a dos grandes teorías económicas: Por un lado, la teoría marxista que ve a dos clases antagónicas: los proletarios y los burgueses, ve explotación de burgueses contra proletarios, concibe a la ganancia como un mal que produce pobreza y lanza la lucha de clases en contra del capitalismo, eliminar a los propietarios privados, expropiar las empresas y promover que todo lo administre el gobierno formado por obreros “sin afán de lucro” y que solo se preocupan por producir para satisfacer las necesidades de la sociedad. Esta corriente de pensamiento se convierte en teoría política; se crean sindicatos bajo la dirección de partidos comunistas y con líderes formados en el marxismo. Quieren gobernar todo el país.

Por otro lado, surge la Escuela Austriaca de Economía, pero se queda enclaustrada en las aulas universitarias, pues no tenían la intención de cambiar el mundo, veían un fenómeno de sano desarrollo de las fuerzas productivas, el lucro como incentivo para crear productos en masa y colocarlos en mercados amplios, la competencia y la incesante evolución de la economía. Observaban que la ganancia de los empresarios, no se la comían ni la atesoraban, se utilizaba para pagar a los trabajadores, pagar la materia prima, renovar la maquinaria, adquirir nuevas tecnologías para producir más y en forma más económica, invertir en nuevos negocios y el empresario podía consumir solo una pequeña parte de esas ganancias. De esta forma, se generaba sana competencia, nuevos productos, más fuentes de trabajo y todo ello en beneficio de la sociedad. Las drásticas condiciones de trabajo se irían normalizando pues nadie hace las cosas para perjudicar a los trabajadores ni a los consumidores. Pero esta interpretación de la realidad no fue la que se extendió en la conciencia de la gente. Fue más atractiva la visión marxista, no por correcta, sino porque invitaba a un enfrentamiento violento contra los supuestos explotadores. Se regresaba así al mundo de la barbarie que producía la adrenalina suficiente para sentir el poder de la masa contra el “enemigo de clase”, los empresarios.

En efecto, los sindicatos surgieron bajo el principio de agresión a la propiedad privada. Esto explica la razón de las huelgas, paros, contratación colectiva, obligación de ocho horas de trabajo, reparto de utilidades, vacaciones oficiales, salario mínimo, derecho de excluir a los no sindicalizados, cuotas sindicales obligatorias, obligación de la empresa a descontar las cuotas en el cheque del trabajador. Todos estos “derechos” tienen como base el ataque a la propiedad privada, sea al dueño de la empresa, sea al trabajador. Y ésta es la razón por la que el sindicalismo no se convirtió en un instrumento para mejorar a los trabajadores, resultó un gran fraude que ha durado más de un siglo.

Es difícil comparar con los beneficios del trabajador si nunca se hubieran construidos sindicatos, pero podemos tomar los datos de aquel país que menos sindicatos tiene. Por ejemplo, en Singapur, los sindicatos están prohibidos y los trabajadores tienen un ingreso per cápita muy superior al de México.

En otras palabras, se puede afirmar que el sindicalismo ha sido un factor de empobrecimiento de los pueblos. Más vale desecharlo y buscar otras formas, instrumentos y mecanismos que garanticen un beneficio real al trabajador y a la sociedad misma. Existen las siguientes opciones:

  1. Sindicalismo que abraza estrictamente el Principio de Respeto a la Propiedad Privada. Esto se parecería a las viejas sociedades mutualistas que tenían una labor más educativa que de confrontación.

  2. Los trabajadores se convierten en accionistas o inversionistas de las empresas donde trabajan. Esto nos lleva a eliminar la idea marxista de ver al burgués como enemigo de los trabajadores, eliminar la lucha de clases y entender que el empresario y el obrero navegan en mismo barco, compartiendo riesgos y también ganancias.

  3. Los trabajadores se organizan en cooperativas de producción para competir bajo la lógica del mercado, con el afán de lucro.

  4. Los trabajadores se constituyen en sociedades anónimas, es decir, se hacen accionistas y juegan en el mercado compitiendo como cualquier empresa capitalista.

Posiblemente haya otras opciones, pero cualquiera de éstas es mejor que hacer la guerra con sindicatos agresivos. Hemos pagado un gran precio por el error de Carlos Marx, que nos indujo a ver que obreros y empresarios son enemigos. Su idea perversa de lucha de clases nos ha conducido al desastre y pobreza, pero es tiempo de rectificar.

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