MIÉRCOLES, 12 DE JUNIO DE 2013
El punto sobre la i
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Arturo Damm





“La vigencia de la ley depende de algo tan improbable, frágil, circunstancial y contingente como la voluntad de obedecer. (I)”
Fernando Escalante

Hay tres tipos de leyes: las divinas (por ejemplo: los Diez Mandamientos), las naturales (por ejemplo: la ley de la gravedad), las humanas (por ejemplo: el reglamento de tránsito).

Las leyes naturales son anteriores y superiores al ser humano. Anteriores: no fueron, ni redactadas, ni promulgadas, por el ser humano, quien se encuentra con ellas. Superiores: el ser humano no puede violarlas impunemente, lo cual quiere decir que sí las puede violar, pero no dejar de enfrentar las consecuencias de tal violación, que siempre son adversas para el violador (por ejemplo: intentar salir volando por la ventana como Superman).

Las leyes divinas, en las que creen únicamente creyentes, también son, como las naturales, anteriores y superiores al ser humano. Anteriores: fueron redactas y promulgadas por Dios, y el ser humano se encuentra con ellas. Superiores: el ser humano no puede violarlas impunemente, ya que su violación supone la comisión de un pecado, pecado que es la consecuencia negativa de haberlas violado.

La diferencia entre las leyes naturales y las divinas es que, por lo menos desde la perspectiva del Cristianismo, las consecuencias de haber violado una ley natural no se pueden eliminar (el golpe que se propinó, quien intentó salir volando por la ventana como Superman, no hay quien se lo quite), mientras que las consecuencias subjetivas (en el alma del sujeto que cometió la falta) de haber violado la ley divina, es decir, de haber cometido un pecado, sacramento de la confesión de por medio, sí se pueden borrar del alma del pecador.

Las leyes humanas son posteriores e inferiores al ser humano. Posteriores: fueron redactas y promulgadas por el ser humano. Inferiores: en muchos casos el ser humano sí puede violarlas impunemente (por ejemplo: el automovilista que se pasa el alto sin que agente de tránsito alguno lo multe).

Lo que llama la atención es que, independientemente de la superioridad y anterioridad, o de la posteridad e inferioridad, y por lo tanto del tipo de ley de que se trate, frente a las leyes el ser humano es libre: él decide si las respeta o las viola. ¿Por qué decidimos respetar las leyes, por ejemplo: el reglamento de tránsito, que prohíbe el paso cuando la luz del semáforo está en rojo? En primer lugar, por obligación: el cumplimiento del deber por el deber mismo. En segundo lugar, por conveniencia: si me paso el alto puedo provocar un accidente que me perjudique. En tercer lugar, por miedo al castigo: si me paso el alto existe alguna probabilidad de que me pare un agente de tránsito y me multe. En cuarto lugar, por una consideración utilitarista: ¿qué pasaría si todos se pasaran el alto?, pregunta cuya respuesta –el tránsito sería caótico– me lleva a no pasarme el alto. Por último, por el qué dirán: ¿qué opinarán de mí los demás si ven que me paso el alto, es decir, si ven que violo una regla cuyo fin es ordenar la convivencia entre automovilistas y automovilistas, y entre automovilistas y transeúntes?

Obligación, conveniencia, miedo, consideración utilitarista y/o el qué dirán son las razones por las cuales los seres humanos decidimos respetar las leyes, razones todas ellas que suponen la libertad del ser humano ante la ley, y por ello algo tan improbable, frágil, circunstancial y contingente como la voluntad de obedecer, incluida la ley divina, inclusión que muestra el respeto que Dios le tiene a la libertad de la persona, ante la cual propone (por ejemplo: los Diez Mandamientos), sin imponer, libertad que, no lo olvidemos, es inseparable de las dos erres: riesgo y responsabilidad, responsabilidad que siempre es personal, riesgo que, en mayor o menor medida, es inevitable cuando actuamos libremente, riesgo y responsabilidad que son la causa del miedo a la libertad.

Si bien es cierto que, como lo señala Escalante, la vigencia de la ley depende de algo tan improbable, frágil, circunstancial y contingente como la voluntad de obedecer, no por eventual, casual, débil y rara, esa voluntad deja de ser. ¿Qué se requiere para que, voluntariamente, respetemos las leyes? En primer lugar, que esas leyes sean respetables, siendo tales las que garantizan derechos, que realmente lo sean, y nada más. ¿Cuántas leyes cumplen con este requisito? Pocas.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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