LUNES, 27 DE ENERO DE 2014
El punto sobre la i
¿A usted le parece buena idea desperdigar el gobierno?
No
No sé

Arturo Damm





“En el largo plazo, la historia de la humanidad es la historia del progreso y de la selección de las mejores instituciones.”
Guillermo M. Yeatts

Definamos al progreso económico como la capacidad para producir más (dimensión cuantitativa) y mejores (dimensión cualitativa) bienes y servicios, para un mayor número de gente (dimensión social), y preguntémonos ¿de qué variables depende esa capacidad? Sin duda alguna que de muchas, que van desde la inventiva (inventar esos mejores bienes y servicios) hasta la eficacia (poder convertirlos en mercancías), inventiva y eficacia que a su vez dependen, si no de manera exclusiva, si de forma muy importante, de las instituciones, que son las reglas del juego, mismas que pueden ser formales (las redactadas y promulgadas por la autoridad), y también informales (los usos y costumbres de la gente), instituciones que son de importancia capital a la hora de crear las mejores condiciones posibles a favor del progreso económico, al grado de poder afirmar, como lo hace Yeatts, que, a la larga, éste depende de aquellas, tal y como lo vio Adam Smith, quien en la introducción al libro cuarto de la Riqueza de las Naciones, en el cual trata de los diferentes sistemas de economía política, afirma que “la economía política, considerada como una de las ramas de la ciencia del legislador o del estadista, se propone dos objetivos: el primero, suministrar al pueblo un abundante ingreso o subsistencia, o, hablando con más propiedad, habilitar a sus individuos y ponerles en condición de lograr por sí mismos ambas cosas; el segundo, proveer al Estado o Republica de rentas suficientes para los servicios públicos. Procurar realizar, pues, ambos fines, o sea, enriquecer al soberano y al pueblo”, lo cual depende, Smith no deja lugar a dudas, de las reglas formales del juego, responsabilidad del legislador, quien bien haría en atender las enseñanzas de la economía política.

 

En lo dicho por Smith encontramos, en un año ya tan remoto como 1776, año de publicación de La Riqueza de las Naciones, una clara referencia a la Escuela Institucionalista (no la de Thorstein Veblen, sí la de Douglas North), una de cuyas tesis es que el progreso económico, más que el resultado de las políticas económicas del gobierno (monetaria, fiscal, comercia, industrial, de precios, etc.), lo es de las instituciones económicas, sobre todo de las formales (marco jurídico de la economía), instituciones que, en términos generales, deben tener el siguiente objetivo: reconocer plenamente, definir puntualmente, y garantizar jurídicamente, la libertad individual para trabajar, emprender, invertir, producir, intercambiar, consumir y ahorrar, y la propiedad privada sobre los ingresos y los medios de producción, lo cual supone hacer valer, en el ámbito de la economía, el Estado de Derecho, definido como el gobierno de las leyes justas, siendo justas las leyes que, precisamente, reconocen plenamente, definen puntualmente, y garantizan jurídicamente la vida de la persona, la libertad individual y la propiedad privada, siendo que las políticas económicas del gobierno, al tener como fin modificar los resultados obtenidos por los agentes económicos en el mercado, es decir: por medio del intercambio, intercambio que es el resultado del ejercicio de la libertad individual y del uso de la propiedad privada, lo que hacen es violar (¡y no exagero!), la libertad individual y la propiedad privada.

 

El problema es que hoy, y desde Keynes, y pese a todo lo dicho por los institucionalistas, al economista se le educa, sobre todo en las universidades gubernamentales, para inventar y poner en práctica políticas económicas, con las cuales modificar los resultados obtenidos en el mercado, lo cual da como resultado (¡y no miento!) la distorsión económica, es decir, una mala asignación de recursos, que no corresponde a las valoraciones reales de los agentes económicos, lo cual es grave.

 

Hay que retomar la idea original de Smith, desarrollada por el institucionalismo contemporáneo, que es el de North, y señalada por Yeatts.

 

Por ello, pongamos el punto sobre la i.

 

 


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