DOMINGO, 30 DE MARZO DE 2014
El punto sobre la i
¿A usted le parece buena idea desperdigar el gobierno?
No
No sé

Arturo Damm





“Política y economía se mezclan mal, como aceite y agua”
Alan Reynolds

La política, y en concreto el quehacer del gobierno, debería estar separada de toda otra actividad humana: alimentación, salud, educación, etc., como condición indispensable para evitar el surgimiento de clientelas presupuestarias, que no son otra cosa más que grupos parasitarios, que viven, no de lo que producen sus miembros, sino de lo que el gobierno les da: comida, atención médica, instrucción, etc., sin olvidar que lo que el gobierno le da a unos previamente se lo tuvo que haber quitado a otros.

Cuando el gobierno no se limita a la realización de sus legítimas tareas –que son todas aquellas que no suponen la redistribución del ingreso: garantizar la seguridad contra la delincuencia; impartir justicia; ofrecer los bienes y servicios públicos, que realmente sean públicos, y que realmente deban ser ofrecidos; ordenar la convivencia en los espacios públicos– es decir, cuando el gobierno, además de ser gobierno, y de realizar sus legítimas funciones, pretende ser desde ángel de la guarda, y como tal preservar de todos los males a los ciudadanos, hasta hada madrina, y como tal concederle al ciudadano todos los bienes, entonces se da la convivencia gobierno – alimentación, gobierno – salud, gobierno – educación, y un largo etcétera, convivencia que en realidad es una cohabitación ilícita, que crea las ya mentadas clientelas presupuestarias, que no son más que grupos de parásitos, convencidos de que el gobierno tiene la obligación, ¡porque ellos tienen el derecho!, de satisfacerle esas necesidades, mismas que gobierno y gobernados confunden con derechos, los adjetivados como sociales, cuya garantía por parte del gobierno demanda la redistribución del ingreso: que el gobierno le quite a A, lo que sí es de A, para darle a B, lo que no es de B, redistribución que no es otra cosa más que expoliación legal o, si se prefiere, robo con todas las de la ley, lo cual lo hace legal, pero de ninguna manera justo.

El gobierno, y la política, deberían estar separados, ¡sobre todo!, de las actividades económicas, para evitar, uno: la participación del gobierno, como agente económico, casi siempre monopólico, en la producción de bienes y servicios; dos: la planeación gubernamental, con el gobierno en calidad de dictador económico, de las actividades económicas de los particulares; tres: la concesión gubernamental, con el gobierno como dispensador de favores, de privilegios a grupos de agentes económicos, por lo general empresarios con derecho de picaporte, lo cual da origen al capitalismo de compadres, término que describe una economía, supuestamente capitalista, en la que el éxito en los negocios depende, no de la productividad (capacidad para hacer más con menos) y la competitividad (capacidad para hacerlo mejor que los demás), sino de la relación entre los empresarios y los gobernantes y/o políticos, capitalismo de compadres entre cuyas prácticas destacan el favoritismo en el otorgamiento de permisos legales, las subvenciones del gobierno, las exenciones fiscales, entre otras muchas, siendo que, por lo general, todo ello resulta ilegal.

Separar, sin miramientos, la economía del gobierno, supone evitar que alguien cuente, de manera indebida, muchas veces ilegal, ¡y siempre injusta!, con la ayuda del gobierno para tener éxito en el campo de la actividad económica, generalmente en perjuicio de la contraparte. Por ejemplo: si el gobierno privilegia al productor/oferente/vendedor el consumidor/demandante/comprador sale perjudicado, impidiéndose el logro de una mayor eficacia económica, de menores niveles de escasez, de mayores niveles de bienestar, en pocas palabas: de mayor economía, razón por la cual gobierno y economía, la verdadera economía, mezclan mal, aceite el uno, agua la otra, mezcla que, sin embargo, encontramos frecuentemente.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.

 

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