LUNES, 11 DE ENERO DE 2016
El punto sobre la i
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Arturo Damm





“Un país puede escoger qué tipo de problema de drogas quiere tener, pero no puede elegir no tener un problema de drogas.”
Jonathan P. Caulkins

La historia nos enseña, uno, que no hay manera de acabar con los vicios y, dos, que cada vez que los gobiernos lo han intentado se han creado problemas más graves que los que se intentaban solucionar. El caso de las drogas es un buen ejemplo: uno es el problema de la drogadicción y otro, mucho más grave, el del narcotráfico, pero no en su faceta comercial (producción, distribución, oferta y venta de estupefacientes), sino en su faceta delictiva (que abarca desde el soborno hasta el asesinato), y que es consecuencia, precisamente, de la prohibición. Se sabe de acciones delictivas de parte de productores, distribuidores, oferentes y vendedores de, por ejemplo, cocaína, pero no se sabe de ese mismo tipo de actividades de parte de productores, distribuidores, oferentes y vendedores de, por ejemplo, cigarros. ¿Cuál es la diferencia? Que lo primero está prohibido y lo segundo no. Y la prohibición, ¿explica tal diferencia en las conductas de unos y otros? Por supuesto. Entre los productores, distribuidores, oferentes y vendedores de cigarros hay competencia en mercados legalizados, y nada más. Entre los productores, distribuidores, oferentes y vendedores de cocaína hay guerra para controlar mercados ilegales.

Caulkins tiene razón: podemos elegir, como sociedad, qué problemas de drogas vamos a tener, pero no podemos elegir no tener un problema de drogas. Y si de problemas con drogas se trata ¿cuál es menos malo? ¿El que supone a la drogadicción o el que supone al narcotráfico en su fase delictiva? ¿Cuál de los dos problemas daña más a la sociedad? ¿A cuál de los dos se le deben más muertos?

Pero además, pensándolo bien, no se trata de elegir entre el uno (la drogadicción) y el otro (el narcotráfico en su fase delictiva), sino entre el uno (el primero) con o sin el otro (el segundo). Drogadicción, y por lo tanto producción, distribución, oferta y venta de drogas siempre habrá, y lo que tenemos que considerar es si la aceptamos sin la faceta delictiva del narcotráfico o con ella (desde los sobornos hasta los asesinatos). ¿Cuál opción es menos mala? La segunda: producción, distribución, oferta, venta, compra y consumo de drogas sin la faceta delictiva del narcotráfico. ¿Cómo conseguirlo? Legalizando desde la producción hasta el consumo de drogas, es decir, reconociendo plenamente, definiendo puntualmente y garantizando jurídicamente el derecho de la persona a hacerse daño a sí misma, y por lo tanto la obligación de los demás de no prohibírselo, derecho de la persona a hacer daño a sí misma que es parte esencial del derecho a la libertad individual, es decir, del derecho a hacer lo que uno quiera, con la única condición de que al hacerlo no viole uno los derechos de los demás. Y producir, distribuir, ofrecer, vender, comprar y consumir drogas, actividades todas ellas éticamente muy cuestionables, no suponen la violación de ningún derecho. Se trata, lo repito, de actividades éticamente cuestionables, pero no de actividades delictivas por su propia naturaleza, siendo tales las que violan derechos de terceros.

Por último. Al intentar los gobiernos, por medio de la prohibición, acabar con el consumo de drogas, no solo  hacen que surjan los incentivos para la faceta delictiva del narcotráfico, problema más grave que la drogadicción, sino que contribuyen a que la misma drogadicción aumente, teniéndose entonces dos problemas: más drogadicción más la faceta delictiva del narcotráfico.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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