LUNES, 18 DE ENERO DE 2016
El punto sobre la i
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Arturo Damm





“La conjunción de liberalismo/libertarianismo con catolicismo/cristianismo siempre me ha parecido sospechosa y hasta incompatible en cuanto supone, al final, una autoridad máxima e infalible.”
Víctor H. Becerra

Lo primero que hay que tener en cuenta es que la existencia de una autoridad máxima (por arriba de la cual ya no hay ninguna otra) e infalible (incapaz de error) no supone, de ninguna manera, ni la limitación ni la eliminación de la libertad individual y la responsabilidad personal, mucho menos en el caso del cristianismo, en general, y del catolicismo, en particular.

Para entender mi afirmación hay que distinguir entre la doctrina, comenzando por los dogmas de la fe, y algunos, que no todos, de hecho unos cuantos, miembros de la Iglesia, que a lo largo de la historia han intentado imponer esos dogmas a sangre y fuego, intento que solo se explica frente a la realidad innegable de la libertad individual. Dado que la persona es libre para aceptarlo o rechazarlo, es que, según la opinión de algunos, el dogma debe de imponerse por la fuerza, incluso en contra de lo establecido por esa autoridad máxima e infalible que, desde un punto de vista religioso, no puede ser más que Dios.

Veámoslo desde el punto de vista del catolicismo. ¿Qué puede haber más importante para Dios que la salvación de la persona? Nada. Y si Dios es autoridad, no solo máxima, ¡por arriba de la cual ya no hay ninguna otra!, e infalible, ¡incapaz de error!, sino también omnipotente (que lo puede todo, por lo que basta que lo quiera para que lo pueda), ¿por qué no impuso, después del pecado original, la salvación? La única respuesta posible es: por respeto a la libertad individual y a la responsabilidad personal, respeto por el cual dejó en las manos de cada quien la salvación de cada cual.

Es más, el pecado original es consecuencia de la libertad, de la decisión de desobedecer, libertad que fue más poderosa que los mismos dones preternaturales que Dios le concedió a Adán: ciencia infusa, dominio de las pasiones, inmortalidad corporal.

Lo que llama la atención, sobre todo desde el punto de vista del catolicismo, y esto al margen de que uno sea creyente o no, es que Dios respeta incondicionalmente la libertad de la persona, y el primer ejemplo lo tenemos en la Anunciación. “Hágase en mí según Tu voluntad”, es la respuesta que María le dio al arcángel Gabriel, respuesta que solo tiene sentido a partir de la libertad, libertad del ser humano que, si Dios es infalible, Dios debe respetar sin condiciones ni excepciones, tal y como lo hace. Desde la perspectiva católica Dios propone, no impone, y cualquier católico lo ha experimentado.

Considerando la tradición judeo-cristiana, y poniendo uno de los muchos ejemplos disponibles, ¿qué sentido tendrían los diez mandamientos, que es ley positiva divina, ¡no ley natural!, sin la libertad del ser humano? Dios no impone, solamente propone, para vivir como Él quiere que vivamos, una serie de reglas frente a las cuales cada uno decide si obedece o no. Y esta decisión la hemos experimentado todos.

Que a lo largo de la historia haya habido miembros de la Iglesia que intentaron imponer a sangre y fuego el dogma, no siendo ellos esa autoridad máxima e infalible, es un hecho innegable que ha ido en contra del ejemplo mismo que Dios da: el total (sin ninguna excepción) y definitivo (por siempre) respeto por la libertad individual y la responsabilidad personal, respeto que, dada su infalibilidad, es lo que debe ser, no lo que es. Y así como el ámbito del ser es posible a partir de lo necesario, el ámbito del deber ser solo es posible a partir de la libertad, la misma que Dios respeta a rajatabla, inflexiblemente, sin apartarse lo más mínimo de lo establecido.

Por ello, pongamos l punto sobre la i.


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