MARTES, 7 DE NOVIEMBRE DE 2017
El punto sobre la i
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Arturo Damm








“Muchos se indignan de que millonarios tengan su dinero en paraísos fiscales. Han de pensar que dejarlo en un infierno fiscal es mejor.”
Guillermo Barba

Lo primero que hay que tener claro, antes de hablar de los paraísos fiscales, ¡y antes de criticarlos!, es la naturaleza del cobro de los impuestos. ¿En qué consiste cobrar impuestos? En obligar al contribuyente a entregarle, al recaudador, parte del producto de su trabajo, cobro de impuestos que es el primer y principal poder de cualquier gobierno, sin el cual ninguno sobrevive. El cobro de impuestos es el pecado original del gobierno, que encuentra justificación si se cumplen ciertas condiciones relacionadas con el tipo de impuesto que se cobra, y con el tipo de gasto al que se destina lo recaudado, mismas que no se cumplen.

Por el lado del cobro el impuesto debe ser a la compra de bienes y servicios para el consumo final, sin excepción de productos y sin excepción de personas, de tal manera que se le cobre lo mismo a todos, para que no haya, por el lado de la recaudación, redistribución del ingreso. Por el lado del gasto los impuestos deben destinarse a que el gobierno provea lo mismo a todos, sin excepción de personas y sin excepción de satisfactores, de tal manera que no haya, por el lado del gasto, redistribución del ingreso. Esto último implica que el gobierno se limite a: 1) garantizar los derechos, ¡que realmente lo sean![1], de las personas; a: 2) sancionar a quienes violen derechos de terceros; a: 3) proveer los bienes y servicios público, que realmente lo sean[2], y que efectivamente deban ser provistos por el gobierno; a: 4) organizar la convivencia en los espacios públicos; a: 5) corregir o compensar externalidades negativas. Ninguna de estas cinco tareas supone redistribución del ingreso.

La primera y principal característica de los infiernos fiscales es que se cobran impuestos con fines redistributivos: el gobierno obliga a X a entregarle lo que es suyo para darle a Y lo que no es suyo, siendo que lo suyo de cada quien es el ingreso que cada cual generó trabajando. Si ésta es la primera y principal característica de los infiernos fiscales, entonces la gran mayoría de los países padece de dichos infiernos, dado que gobernar es hoy sinónimo de redistribuir, infiernos fiscales que son la causa de los paraísos fiscales, que lo son, no tanto en términos absolutos, sino relativos, en comparación con los infiernos fiscales.

El verdadero paraíso fiscal, el que lo es en términos absolutos, es aquel en el cual solamente se cobra, a todos, un único impuesto a la compra de cualquier bien o servicio de consumo final, y en el cual el gobierno se limita a la realización, honesta y eficaz, de las cinco tareas antes mencionadas, de tal manera que no hay redistribución del ingreso, ni por el lado de los impuestos, ni por el lado del gasto, tal y como debería ser, tal y como no es.

Para terminar, hagámonos esta pregunta: ¿tiene el ser humano el derecho al producto íntegro de su trabajo? Por supuesto que sí. Entonces hay que encontrar la justificación correcta para el cobro de impuestos, por el cual el recaudador obliga al contribuyente a entregarle, bajo amenaza de castigo, parte del producto de su trabajo. Esa justificación la encontramos en el verdadero paraíso fiscal, mismo que, tal vez, como paraíso que es, lo perdimos para siempre.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.



[1] Se ha vuelto común identificar necesidades y/o intereses con derechos, lo cual ha dado como resultado que el gobierno termine, con el pretexto de garantizar esos “derechos”, satisfaciendo necesidades y/o defendiendo intereses, todo lo cual implica redistribuir el ingreso y, por lo tanto, violar el derecho a la propiedad privada.

[2] No hay que confundir los bienes públicos, que son aquellos de cuyo consumo no es posible excluir a nadie, y cuyo consumo no genera rivalidad, con bienes necesarios (alimento, bebida, ropa, calzado, alojamiento, medicina, etc.), cuyo consumo sí genera rivalidad y de cuyo consumo sí es posible, ¡y necesario!, excluir.


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