MIÉRCOLES, 19 DE OCTUBRE DE 2005
Dios mío, házme competitivo

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“La ausencia de reformas de segunda generación se traduce en una caída no coyuntural sino estructural, de la competitividad.”


Con Paola Palma

 

El concepto “competitividad” ha adquirido gran relevancia en nuestra cultura ha partir de dos eventos de cambio estructural: la apertura de nuestras fronteras al comercio internacional, y la transición hacia un clima de estabilidad de precios. De hecho, a pesar de la popularidad de la palabra, de índices, de medidores, de reclamos, de discusiones, la competitividad de una economía se reduce a la confianza en el clima de inversión.

 

Incluso, sería más práctico, hasta más limpio, sustituir la palabra “competitividad” por “productividad,” ya que en el fondo el problema de competitividad que enfrentamos es un problema de los diversos obstáculos que inhiben el crecimiento de la productividad. En esta materia, a pesar de los cambios en materia de apertura comercial, de estabilidad, se ha observado un deterioro sistemático de la competitividad de la economía—con la angustia consecuente, con la impotencia natural ante las necesidades de reforma estructural.

 

El Índice de Competitividad Económica del World Economic Forum evalúa las condiciones competitivas de 117 economías en dos aspectos principales relacionados con el crecimiento y el clima de negocios: primero, un ambiente macroeconómico estable, y un clima institucional basado en el imperio de la ley, los derechos de propiedad, bajo nivel de corrupción, y elevados estandartes de transparencia tanto en gestión de gobierno como en actividad empresarial.

 

En la versión 2005 del índice, Finlandia obtuvo la primera posición como el país más competitivo del mundo. Ello se debe, según los criterios, a que este país posee uno de los climas de negocios más innovadores en el mundo, dirigido explícitamente a mejorar la productividad. La economia estadounidense, la cual se ha beneficiado enormemente de un choque positivo de productividad, obtuvo la segunda posición, sobre todo dado el avance del desarrollo tecnológico. Otros casos importantes que figuran en los altos rangos de este índice incluyen a Suecia, Dinamarca, Islandia, Taiwán, Singapur, e Inglaterra, entre otros.

 

Los nuevos jaguares económicos aparecen en una segunda escala, donde de alguna forma deberíamos estar representados, países como Chile o Irlanda, que han mostrado un avance constante en los últimos diez años. China y la India, tan sonados en los debates, no han logrado escalar de los lugares intermedios, sobre todo por problemas de índole fiscal y financiero, aun a pesar del formidable flujo de nueva inversión extranjera.

 

México, es, pues, México. El país cayó siete lugares respecto a la posición del año anterior, para ocupar el lugar 55 en competitividad. Según el reporte, tanto la caída como la tendencia a la baja se debe a la mala calidad de sus instituciones públicas, un ineficiente sistema impositivo, y, sin duda, la parálisis de las reformas pendientes derivadas de una ruptura del consenso político. El índice también destacó preocupación por los elevados niveles de criminalidad, fenómeno que ha afectado severamente el ambiente de negocios. Precisamente, debido al alto índice de criminalidad, México se ubica como el tercer país más costoso del mundo respecto a los gastos extraordinarios que las empresas deben enfrentar para protegerse de la inseguridad.

 

En materia de competitividad en los negocios, México cayó cinco posiciones a una posición 60 de un universo de 116 países—debido, nuevamente, a factores como los altos costos de transacción, la tramitología, la corrupción, y la dificultad para que las empresas obtengan capital, así como la disponibilidad de tecnología.

 

Es prácticamente la misma historia todos los años: a pesar de haber consolidado la estabilidad macroeconómica, la ausencia de reformas de segunda generación se traduce en una caída no coyuntural sino estructural, de la competitividad. Antes, se decía, teníamos que reformar para salir de la recesión, o de plano rezar que llegaran los mejores tiempos. ¿Será este el último camino que nos queda para ser más competitivos?


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