MIÉRCOLES, 2 DE NOVIEMBRE DE 2005
Crecimiento sin futuro

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“Una paradoja muy triste: teniendo, por fin, la mesa puesta en materia de estabilidad, hemos dejado atorado el potencial de crecimiento sobre esa misma mesa.”


Las revisiones a la baja de la tasa de crecimiento, la caída de nuestra posición en materia de competitividad, el aumento de la actividad informal—todo esto, y más, es un reflejo del estancamiento que vive nuestro país en la economía real. El promedio de la tasa de crecimiento en este sexenio se ubica muy por debajo de su potencial. Por ello, debatir si creceremos al 3% o al 2.7% es más un asunto numérico secundario.

 

Vista así la problemática del crecimiento refleja cinco años de un bajo desempeño, de frustración, sobre todo de oportunidades perdidas. En esta media década de alternancia, la ambiciosa agenda de las reformas estructurales se ha estancado en un cuello de botella, una combinación perversa de incompetencia ejecutiva e irresponsabilidad legislativa. La interrogante obligada, de cara al futuro inmediato, es, precisamente, si existe un futuro, si seguiremos con un desempeño totalmente mediocre, incapaces de realizar la posibilidad de una cultura de alto crecimiento sostenido.

 

Este ambiente es un caldo de cultivo para las promesas fáciles, para el romance del populismo, para reducir todo el problema a un mero aumento del gasto público. De forma similar, uno de los errores en la venta de las reformas ha sido ubicar estas como solución instantánea a los problemas del empleo, la pobreza, la distribución del ingreso. El futuro de las reformas estructurales debe estar basado en la creación gradual pero sistemática de las condiciones que permitan aumentar la productividad laboral, y con ello, generar mayor crecimiento económico.

 

El factor capital en este contexto es desarrollar una visión coherente del papel de los derechos de propiedad en la generación de oportunidades, de crecimiento económico. Un orden de libertad económica implica un marco de derechos de propiedad claros y bien definidos. En este orden, la figura del contrato es la fuerza motriz de todas las actividades económicas cotidianas. Si las eventuales reformas no respetan ese principio nuestro futuro estará destinado a una cultura de un crecimiento inercial, dependiente de factores ajenos a nuestro control, sin posibilidad de definir una ruta sostenida.

 

A diferencia, el crecimiento estructural es necesario para superar los fenómenos de desempleo y mala distribución del ingreso. En México, el desempleo ha sido un factor constante—tanto por las falacias estadísticas que enmascaran su nivel real, como por la ausencia de crecimiento en las últimas tres décadas. Este aspecto constante del desempleo, mismo que se ha dado en tiempos malos como en tiempos de auge, alimenta el cinismo, la angustia, la impotencia ante un crecimiento mediocre, un crecimiento sin futuro.

 

Las reformas, vistas como instrumentos para crear mayor productividad, implican condiciones económicas para que los agentes puedan realizar sus actividades normales sin obstáculos, sin burocracia, sin tramitología, en un ambiente donde los contratos se pueden respetar y hacer respetar, bajo un clima de plena libertad de intercambio. Esto nos da la oportunidad de generar empleos, más no de generar los empleos en sí. La creación de empleo y la búsqueda de empleo corresponden a la economía en su conjunto.

 

En estos cinco años de transformación política, el país vive, por diversas razones, un escenario de estancamiento económico con estabilidad de precios. Es una paradoja, y una paradoja muy triste: teniendo, por fin, la mesa puesta en materia de estabilidad, hemos dejado atorado el potencial de crecimiento—y con ello, una gran cantidad de recursos, de empleo, sobre esa misma mesa.


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