VIERNES, 16 DE FEBRERO DE 2007
Las leyes de Cayo Valerio Godinez (una fábula)

¿Cómo percibe usted el inicio del actual sexenio?
Claro y esperanzador
Oscuro y amenazador



“El gran triunfo del liberalismo es lo que ha logrado en relación a la limitación del poder.”
Guillermo Cabieses

Ricardo Medina







“En aquél país el Congreso de Notables aprobó por unanimidad la “Ley de la Prosperidad Obligatoria” que no fue más que la secuencia obligada de la “Ley de la Indeclinable Voluntad Reformadora”, también aprobada por unanimidad.”


El prolongado abrazo selló el reconocimiento: “Compadre –exclamó uno de los compadres de Cayo Valerio Godinez– te volaste la barda. ¡Aprobada por unanimidad!”. Atacado por una súbita modestia, el Notable Cayo objetó: “Nada, compadre, fue un trabajo de todos, teníamos que plasmar nuestra firme voluntad de hacer las reformas”.

 

Aquél día, cuentan, las celebraciones se prolongaron hasta la medianoche en varios restaurantes rumbosos de la república de MTP o de la Media Tabla Perpetua. Políticos de renombre, aspirantes a políticos, lo mismo los que se escondían de las cámaras y de los micrófonos que aquellos que los buscaban ávidos, comentaban elogiosamente la “ley Godinez” aprobada ¡por aclamación!, como dijo el viejo cronista, el maestro Pericles Órdago y Lazo en su leída columna “Los gladiadores de la tribuna”. Ordenamiento jurídico que se llamó “Ley de la Indeclinable Voluntad Reformadora”.

 

Los historiadores consignan que dicha ley –criticada por algunos maldicientes como “expresión suprema del voluntarismo estéril”- nació del anhelo popular de que los políticos en MTP pusiesen manos a la obra en la tarea de sacar al país de su inveterada mediocridad. Los expertos habían insistido, por activa y por pasiva, en que era necesario hacer “reformas profundas” para dar ese gran salto.

 

Ahí estaba la respuesta, el mentís a todos aquellos detractores por hábito que motejaban al Congreso de Notables de “asamblea de zánganos”. El Congreso sí daba resultados. La ley establecía cuidados y precisos mecanismos –comisiones deliberativas y de análisis, por ejemplo-, así como plazos perentorios para que se realizasen –tras agotadoras discusiones y negociaciones– esas tan llevadas y traídas reformas.

 

Tan buenos réditos políticos obtuvo la primera “ley Godinez” que muy pronto fue complementada por una segunda ley promovida por el mismo Cayo Valerio: “La Ley de la Prosperidad Obligatoria”. Como se señalaba en la exposición de motivos ésta nació por “la imperiosa necesidad de que a nadie le quede duda de que las reformas que surjan de nuestra indeclinable voluntad reformadora son precisamente aquéllas que provocarán, por necesidad ontológica y por imperativo moral, la prosperidad prometida”.


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