JUEVES, 10 DE MAYO DE 2007
Calidad, no cantidad

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“El debate sobre el crecimiento no debe centrarse en si llegaremos arriba del 3 por ciento, si habrá o no “soft landing” al norte de la frontera, si la inercia de nuestra dependencia económica con el sector de comercio exterior nos restará o añadirá tal o cual punto decimal.”


Hace poco, participamos en un diálogo sobre el marco económico mexicano, en el cual los protagonistas debatieron sobre el rumbo de la economía, la tasa de crecimiento, el tipo de cambio, el sistema financiero, y otros asuntos capitales. Este intercambio se llevó a cabo en relación a las estimaciones de crecimiento para este año, sobre todo, si quién tiene la razón, la visión “optimista” de las autoridades hacendarias, o la visión “pesimista” del banco central.

 

Lamentamos, como lo han expresado otros colegas, que el debate sobre el crecimiento se centre en el punto decimal, en el número exacto, en si cerraremos con 2.7, o 3.1 o 3.6 por ciento. Por un lado, esas tasas son mediocres, superiores a la media que se observó el sexenio pasado, pero inferiores al fuertísimo potencial de crecimiento que tiene nuestra economía. El debate, así visto, debe centrarse no en la cantidad estadística exacta, sino en lograr años, décadas, de altas tasas de crecimiento—de crecimiento sostenido.

 

El calificativo “sostenido” no se puede subestimar. El crecimiento, por sí, se puede dar, en forma relativamente fácil, si abrimos las llaves del expansionismo monetario, o del derroche fiscal. Las consecuencias se pagan casi de inmediato, seguramente en forma muy dolorosa. La clave no es la cantidad de crecimiento, sino la calidad del mismo: varios años de alto crecimiento compatible con la estabilidad de precios. Esto es, a pesar de promesas, de vacíos políticos, lo que permite una acelerada apreciación del salario real—o sea, como se llegó a decir en alguna ocasión, del bienestar para la familia.

 

Por ello, el debate sobre el crecimiento no debe centrarse en si llegaremos arriba del 3 por ciento, si habrá o no “soft landing” al norte de la frontera, si la inercia de nuestra dependencia económica con el sector de comercio exterior nos restará o añadirá tal o cual punto decimal.

 

El debate es sobre las instituciones económicas que permitan un periodo de alto crecimiento económico, en un clima de estabilidad—es decir, la competencia, facilidades a la inversión productiva, la simplificación del marco regulatorio, la reorientación del gasto federal, la flexibilidad del mercado laboral, o las formas de re-integrar al capital humano mexicano que decidió emigrar, ya sea al norte de la frontera o a la ruta paralela de la economía informal.

 

Algo similar sucede con otras variables capitales, como la inflación o la paridad. A diferencia de años, décadas, anteriores, el número se ha vuelto secundario. Si se da mayor o menor inflación (vaya, hasta deflación, como acaba de suceder), es en una medida suave o incidental, que no incide en la formación de un clima de estabilidad, es decir, en la gama de decisiones y actividades que toman como hecho la estabilidad—ya sea confiar en que el ingreso de hoy podrá comprar lo mismo mañana, o contratar un crédito a largo-plazo, o calcular una tasa interna de retorno.

 

Este criterio aplica de forma similar al tipo de cambio: ya no es el número, que se ha fijado espontáneamente en 11 pesos por dólar, sino que las variaciones sean como son, una día arriba, un día abajo, pero en el rango que estimamos como unidad de cuenta.

 

En fin, para efectos económicos, la importancia capital de las variables reside no en asuntos de cantidad, sino asuntos de calidad—de su contribución a nuestro bienestar.


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