MIÉRCOLES, 25 DE JULIO DE 2007
Sobre una cultura de competencia

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“Todo gobierno, por supuesto, va contra la Libertad.”
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“Qué bueno que estemos presenciando el debate sobre la competencia, y la competitividad. No nace de un convencimiento ilustrado sobre las bondades de la mano invisible, sino de una realidad económica parcial, aunque ineludible.”


¿Porqué existe tanto clamor sobre la necesidad de aumentar la competencia, tanto furor sobre cómo fomentar la competitividad de la economía mexicana? Sin duda, son dos temas diferentes, aunque relacionados: la competencia es un requisito, entre varios otros, para aumentar la competitividad de una región. La competitividad, así vista, se refiere a la capacidad de una región de atraer, pero sobre todo retener, capitales productivos.

 

Más allá de academicismos, el hecho que estos dos conceptos figuren en forma tan prominente en el nuevo vocabulario económico no es asunto fortuito, no es, vaya, que de un día para otro nos convencimos sobre las sabidurías de Adam Smith, o dimos la espalda a la cantidad de tonterías económicas, que se escriben, y se escuchan, entre la “izquierda ilustrada” de nuestra comunidad intelectual.

 

A principios de este año, en un estupendo editorial en la materia, Ricardo Medina listaba las incoherencias que todavía domina el debate alrededor de la competencia, siendo que seguimos eludiendo la necesidad de apertura económica plena—en telecomunicación, pero también en energía; en televisión abierta, pero también en el sector de libros; en los sectores comerciables, pero también en escuelas públicas.

 

Sin embargo, el hecho, el dato (sociológico), que se esté dando el debate, es reflejo de una consecuencia positiva no intencionada de la propia apertura comercial, en lo que se refiere a los determinantes del precio de bienes.

 

En una economía abierta, el precio de los bienes lo fija el mercado internacional. Esta es una realidad total. Si subimos el precio, en forma voluntariosa, nos gana mercado la competencia. Si bajamos el precio, por algún afán de ganar mayor mercado, corremos el riesgo de salirnos de la jugada. No podemos variar las cosas en referencia al precio. Esto significa que el margen de un bien, su rentabilidad, la determina la estructura de costos, ya sea internos, como externos.

 

Si los costos de energéticos son caros, si los costos de capital humano no generan el retorno esperado, si en la estructura de costos nos vemos inundados también por altos costos de oportunidad, o por costos de inestabilidad fiscal, entonces corremos el riesgo de un margen menos competitivo, de salirnos del mercado. La competitividad de un bien, en una economía abierta, lo determina una estructura de costos, un proceso de arriba (precio) hacia abajo (costos).

 

En una economía cerrada, los costos son secundarios, casi irrelevantes. El costo de un trámite, de una estatización, de un control, de una perfecta idiotez económica, el costo de la mediocridad total, los podemos pasar olímpicamente al consumidor. Esto pasa en los sectores que, hoy vemos, disfrutan poderes monopólicos.

 

Así visto, qué bueno que estemos presenciando el debate sobre la competencia, y la competitividad. No nace de un convencimiento ilustrado sobre las bondades de la mano invisible, sino de una realidad económica parcial, aunque ineludible.

• Competencia

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