MARTES, 18 DE DICIEMBRE DE 2007
La ruta de la mordida

¿Usted está de acuerdo en que los mexicanos debemos consumir sólo los granos producidos en el país?
No
No sé



“Hay gente que se opone al libre comercio pero le parece normal poder ir a la tienda de su elección a comprar los bienes que consume y hasta se enojaría si le prohibieran ir a una tienda en particular.”
Isaac Katz

Edgar Piña







“Los “representantes de la ley”, las autoridades preventivas, los responsables de la seguridad de las familias tienen otras prioridades, otras relevancias. Tienen que ocuparse diligentemente de explotar la ruta nocturna de la mordida.”


Cae la tarde sobre Hermosillo. Las luces de calles, carros, edificios y habitaciones se encienden. Al igual que en la mañana alrededor de las ocho A. M. el tráfico vehicular aumenta, se intensifica. Las estrechas calles del pueblo y la desprogramación (¿o será sádica programación?), de los semáforos, generan lentitud en la circulación y el disgusto, la agresividad casi de los conductores aparece en sus gestos, sus ademanes, sus modos de conducir.

 

Al envejecer la tarde, cuando la noche llega, la composición del movimiento vehicular empieza a cambiar, los vehículos particulares, conducidos por empleados, profesionistas, amas de casa, empiezan a escasear y los espacios van siendo ocupados por taxis, patrullas, carros de todos los tamaños y modelos manejados por jóvenes y no tan jóvenes que se dirigen a alguna parte en preparación de la diversión nocturna: la ciudad, poco a poco, se transforma en otra.

 

Ya para las once o doce de la noche las calles de la provinciana capital de Sonora han sido ocupadas por los taxistas, los patrulleros y los manejadores particulares que encuentran su máxima satisfacción en la conducción de vehículos al mismo tiempo que consumen alcohol, drogas y música barata.

 

La adrenalina se mezcla ahora con las múltiples sustancias de comercio legal e ilegal en los sistemas fisiológicos de muchos de los trabajadores del volante, de algunos guardianes del orden público y de la gran mayoría de aquellos hermosillenses que buscan arrancarle diversión, entretenimiento, sexo fácil o satisfacer cualquier otro apetito al calor o al frío de la noche.

 

Ya para la una o dos de la mañana, los llamados bulevares de Hermosillo, alojan la cantina más grande ¿del noroeste?, ¿del país?, ¿del mundo?, yo no lo sé, se lo dejamos a Ripley que lo averigüe. El caso es que es entonces cuando el mercado negro trabaja a toda velocidad. Los aguajes, los tiraderos, las propinas, los sobornos, las mordidas hacen su agosto todo el año, haga frío o calor, en las calles de la ciudad de las naranjas agrias.

 

Si usted amable lector ha tenido la necesidad de transitar por los bulevares y calles de la ciudad after hours, es decir cuando las actividades digamos normales ya no se pueden hacer, se habrá dado cuenta de a qué me refiero.

 

Pero no tiene este artículo la intención de hacer una crónica de la noche hermosillense, sino señalar un problema que tenemos los ciudadanos que deseamos utilizar la noche para descansar, reponer energías y estar listos para la batalla diaria al siguiente día y que además no tenemos la suerte de vivir en un sector donde también resida un político, un influyente, o un burócrata de buen nivel con acceso inmediato a la protección policíaca del H. Ayuntamiento.

 

El problema consiste en que los festejantes nocturnos de las calles de la ciudad, con demasiada frecuencia buscan un parque, una rúa privada o la banqueta de un domicilio para prolongar la parranda hasta que el sol amanezca. Y entonces los vecinos con justa razón deciden acudir a la autoridad municipal, pero ¿qué cree usted?, tal autoridad no existe y no es posible que una desdichada patrulla, ocupada por un desdichado patrullero, de esas que tienen pintado en su exterior algo así como “trabajando por la seguridad de las familias”, aparezca en el lugar para simple y sencillamente hacer valer la ley.

 

Mi experiencia personal al respecto me ha enfrentado a frustrantes diálogos con las voces del 060 y 066, en los que la mejor respuesta a la pregunta de por qué no aparece la patrulla es que “existen otras prioridades” o “las unidades están atendiendo casos de mayor relevancia” y expresiones por el estilo.

 

Las voces de los teléfonos de emergencia policíaca no lo dicen, pero tal vez usted ya sepa lo que a mí me consta: las patrullas no acuden a las colonias para apaciguar a “jóvenes y adultos felices” simple y sencillamente porque se encuentran “trabajando duro” a las salidas de los antros, las cantinas, los aguajes y los table dance.

 

Los “representantes de la ley”, las autoridades preventivas, los responsables de la seguridad de las familias tienen otras prioridades, otras relevancias. Ellos los que portan un uniforme, placa, arma, radios, tolete y conducen una patrulla, todo financiado con nuestros impuestos, también lucen una enorme barriga llena de alimentos pagados con nuestros impuestos, pero eso no es suficiente y tienen que ocuparse diligentemente de explotar la ruta nocturna de la mordida.

 

Y todavía vamos por más…


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