Ideas al vuelo
Feb 15, 2008
Ricardo Medina

¿Los consumidores? ¡Al final de la fila!

Sólo dos ejemplos recientes del desprecio que manifiesta el pensamiento políticamente correcto hacia los consumidores. La consecuencia es que nuestro marco institucional obstruye la productividad y el crecimiento.

Primer ejemplo: En todo lo que se ha dicho y escrito acerca de una reforma energética en México prácticamente nadie menciona el interés de los consumidores. Aun los más “liberales” aceptan la petición de principio de que tal reforma debe hacerse para “salvar a Pemex”. Es decir: El interés del monopolio está por encima del interés de millones de consumidores de energéticos.

 

Que la discusión parta de ese prejuicio – del tamaño de la pirámide del Sol- ha provocado que el supuesto debate se convierta en un pleito entre los idólatras del becerro de chapapote. ¿Por qué es impensable plantear la reforma desde el punto de vista de los consumidores? Simplemente porque eso no es rentable, ni para la clase política, ni para el gobierno, ni para los negociantes, ni mucho menos para los sumos sacerdotes del trópico y de los pantanos.

 

¿A los consumidores mexicanos les conviene que persista el monopolio energético? ¡Chitón, niño, esas preguntas no se hacen!

 

Segundo ejemplo: Incluso algunos defensores del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) incurren en el despropósito de mostrar el superávit mexicano en la balanza comercial  México-Estados Unidos como ejemplo de los beneficios del tratado. Es síntoma del típico desprecio mercantilista por los consumidores, como si el bienestar económico consistiese en vender, no en consumir. ¡El mayor beneficio del TLCAN está en que ha mejorado el nivel de vida de los consumidores mexicanos y que la competencia ha obligado a muchos que eran cazadores de rentas a volverse productivos!

 

En estos días, este complejo mercantilista (“las exportaciones son buenas, las importaciones son malas”) se ha agudizado con una discusión absurda sobre el crecimiento de las importaciones de maíz, leche y frijol (productos cuyas importaciones se desgravaron, ¡por fin!) como si tal crecimiento – de la magnitud que sea- fuese por sí mismo algo alarmante y perjudicial. Nos dicen, con todas sus letras, que les parece nefasto que los consumidores mexicanos podamos adquirir maíz, leche o frijol a precios más baratos.

 

No deberíamos asombrarnos de que la productividad promedio de la economía mexicana sea tan baja, ¡es el resultado directo de desdeñar sistemáticamente el interés del consumidor!



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El punto sobre la i

El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

Othmar K. Amagi
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