DOMINGO, 1 DE ENERO DE 2006
Delegados de la OMC, miren a su alrededor

¿Se debe utilizar una parte de las reservas del Banco de México para financiar la reconstrucción?
No
No sé



“Existe una tiranía en el vientre de cada utopía.”
Bertrand de Jouvenel

James K. Glassman









“En el debate sobre la globalización, las estadísticas no se toman en cuenta. Es una batalla moral. Los manifestantes en contra deben su éxito a que explotan sentimientos emocionales.”


Hong Kong (AIPE)- La Organización Mundial del Comercio (OMC), reunida en días pasados en Hong Kong, es más que una negociación técnica sobre aranceles y subsidios. Es una confrontación de dos visiones morales diferentes, un conflicto no mucho menos importante que el viejo choque entre el comunismo y la democracia occidental. Lamentablemente, en esta ocasión los buenos pueden perder.

 

Una visión considera que la globalización es una amenaza aterradora. Al abrirse al mundo exterior, los agricultores y empresarios, junto con los políticos que los apoyan, se exponen a ser barridos por tormentas de innovación y destrucción creativa.

 

La otra visión mira la globalización como el camino a una amplia prosperidad. Al reducir los precios que la gente paga por lo que consume, al aportar un mayor público comprador para los que producen y al exponerlos a ideas y prácticas creadoras de eficiencia, la globalización aumenta los niveles de vida.

 

La mejor prueba de que la segunda visión es la correcta está a la vista de todos aquí en Hong Kong, que en el siglo XIX fue descrito como “roca inhóspita”, sin recursos naturales más allá de un puerto. Hoy sus magníficos rascacielos, más impresionantes que los de Nueva York o Londres, bajan desde las colinas hasta el mar.

 

Con una población de apenas 7 millones, Hong Kong es la economía número 33 del mundo, con un PIB mayor que Argentina (población 40 millones) y una producción per cápita similar a la de Francia e Italia. Una razón importante es el libre comercio; aquí no se pagan aranceles. Pero lejos de convertirse en un vaciadero de productos baratos que destruyen el empleo (como mantienen los anti-globalistas), el desempleo en Hong Kong es la mitad que en Alemania o España.

 

Hong Kong ha avanzado económicamente como resultado de la competencia, reemplazando malos empleos por buenos. Pasó de producir textiles a ensamblar equipos electrónicos a convertirse en un centro financiero mundial, de seguros y demás servicios empresariales, en lo que se ha vuelto el exportador número 10 en el mundo.

 

Pero en el debate sobre la globalización, las estadísticas no se toman en cuenta. Es una batalla moral. Los manifestantes vestidos de gallinas muestran pancartas con letreros “OMC: más peligrosa que la gripe aviar” y grupos como Oxfam acusan a los países desarrollados de “robar a los pobres del mundo”. Su éxito  se debe a que explotan sentimientos emocionales.

 

Y nadie los confronta. Los defensores de la globalización no utilizan banderas morales, tampoco tienen la fuerza y furia de sus convicciones ni revelan que los anti-globalistas mantienen a los pobres hundidos en enfermedades y miseria.

 

Los peores participantes en el choque de la globalización son los líderes políticos europeos. Dicen querer acabar con la pobreza, pero a diferencia de Estados Unidos, se oponen a ofrecer recortes significativos en subsidios a la agricultura y a los aranceles. El representante comercial de EEUU, Rob Portman, está en lo correcto cuando culpa a Europa por la falta de progreso en las negociaciones.

 

Los europeos y los japoneses distraen la atención sobre sus propios fracasos desviando el enfoque de  las discusiones hacia cualquier cosa que no sea el intercambio comercial, tratando temas laborales, del medio ambiente, ayuda extranjera y acceso a medicinas. Pero la hipocresía y la intransigencia europea no aportan excusas válidas a las naciones en desarrollo –las que más se beneficiarían- para mantener cerrados sus  mercados.

 

Alan Oxley, quien presidió al GATT (organismo que precedió a la OMC) y que ahora dirige al World Growth, un grupo que utiliza al mercado para acabar con la pobreza, escribió en el diario South China Post que “la razón de ser de la OMC es ayudar a los países a incrementar su crecimiento con la liberalización del mercado, pero muy pocos de sus miembros se comportan como si creyeran en eso o como si tal propósito les interesara”.

 

Por su parte, los países pobres, animados por los anti-globalistas, insisten en mantener intactas sus barreras comerciales, a menos que los países ricos, cuyas barreras son más bajas, las reduzcan aún más. Al oponerse así a la liberalización del comercio, independientemente de lo que hagan los países ricos, están manteniendo a su gente en la pobreza.

 

La salida para las naciones en desarrollo es desmantelar sus propias barreras, una medida tan poderosa que convirtió a esta roca inhóspita en el próspero centro de comercio mundial que es Hong Kong hoy en día.

 

Y si los europeos son incapaces de aportar liderazgo moral, los países en desarrollo y Estados Unidos tendrán que hacerlo.

 

___* Presidente de TCS Daily (www.tcsdaily.com) y académico del American Enterprise Institute.

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