MIÉRCOLES, 5 DE NOVIEMBRE DE 2008
La devaluación de las ideas

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“El daño de la crisis ha sido devastador, pero las consecuencias de la devaluación de las ideas ponen en peligro el motor del desarrollo personal, la libertad individual.”


La crisis financiera en los mercados globales, y el regreso del extraño fenómeno del contagio, tiene una contraparte directa en el clima político que vive el mundo, sobre todo la nueva tesis de que esta crisis representa el “fin del capitalismo” o la devaluación del sistema de mercado, incluso, una nueva oportunidad para políticas proteccionistas.

 

El principal daño de la devaluación financiera en los mercados de divisas, o de las depreciaciones bursátiles en todo el mundo, o del congelamiento del mercado de crédito, ha sido una devaluación similar, hasta peor, en el mundo de las ideas.

 

El ejemplo más sonado ha sido la declaración, con pompa y circunstancia, del fin de la era Reagan-Thatcher, la muerte del llamado “consenso de Washington” o del “neo-liberalismo.” Estas etiquetas han servido para justificar propuestas equivalentes a un tipo de estatismo salvaje, una violación de libertades individuales con antecedentes totalmente contrarios a una sociedad abierta.

 

Hemos visto cómo se celebra la idea de usar el gasto público como mecanismo de crecimiento, bajo la nueva etiqueta de “política contra-cíclica,” cuando al final del día esto resulta meramente e una transferencia de recursos de un sector de la sociedad a otro—y, de paso, financiado por los impuestos de generaciones presentes y/o generaciones futuras.

 

Hemos visto un cambio estructural radical, para mal, en el régimen de derechos de propiedad en la economía estadounidense—con la nacionalización de activos bancarios. Si esta medida es “válida” para los bancos, ¿por qué no también para otras especies de intermediación financiera? Ello llevaría el riesgo moral hasta sus últimas consecuencias: la socialización irrestricta de toda deuda, del concepto del riesgo en general.

 

El libre comercio, que ha sido un pilar de distribución de oportunidades, de nueva riqueza, en todo el mundo, es una de las víctimas más sufridas en este clima de estatismo total. Los llamados para renegociar tratados, para cerrar fronteras, para enfocarse sólo en desarrollo interno, ha encontrado una excusa absoluta en la crisis financiera para el avance del neo-proteccionismo. En los 30s, fue precisamente este sentimiento, por medio de la Ley Smoot-Hartley, que prolongó la Gran Depresión, tanto en su profundidad económica, como en tiempo.

 

La muestra más flagrante de la devaluación de las ideas es la medida tomada por la administración de Cristina Kirchner de expropiar los ahorros de trabajadores individuales, en un acto que sólo se puede catalogar como la legalización del robo. Ya hay propios en nuestra comunidad de opinión que se han contaminado de este salvajismo intelectual. El siguiente paso sería expropiar los bienes inmuebles de los ciudadanos, con la excusa que el mercado inmobiliario ha resultado ser  no confiable o algo así. (Aquí en nuestro país, se podría apelar a los antecedentes constitucionales de propiedad nacional, en el artículo 27 constitucional, por ejemplo.)

 

Faltará ahora un mesías tropical reivindicado que quiera emular esos ejemplos de devaluación, amparado en la furia de la crisis financiera, aun cuando el caso de la crisis es la misma de siempre: querer, como dice Ricardo Medina Macías, apagar el fuego echando más gasolina.

 

El daño de la crisis ha sido devastador, pero las consecuencias de la devaluación de las ideas ponen en peligro el motor del desarrollo personal, la libertad individual.

• Crisis / Economía internacional

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