VIERNES, 17 DE FEBRERO DE 2006
Banco Central, enemigo público

¿Usted considera que la propuesta de otorgar una renta de 10 mil pesos al año a cada ciudadano es una buena idea para erradicar la pobreza?
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“La inflación no es una catástrofe de la naturaleza ni una enfermedad. La inflación es una política.”
Ludwig von Mises

Carlos Ball









“La realidad es que los bancos centrales históricamente han servido los intereses de políticos y gobernantes, resultando en su gran mayoría inmensamente perjudiciales para los ciudadanos.”


Miami (AIPE)- Ante el pase a retiro de Alan Greenspan, quien fue presidente de la Reserva Federal –el banco central de Estados Unidos- desde junio de 1987 hasta hace pocos días, la prensa publicó gran cantidad de reportajes elogiando su gestión. A pesar de que Greenspan siempre logró confundir a los periodistas con sus declaraciones públicas, le tengo simpatía por haber pertenecido al grupo de jóvenes que rodeaba a Ayn Rand, la escritora que en los años 40 y 50 tuvo una inmensa influencia positiva en la comprensión de la importancia de la libertad individual y quien representó todo lo opuesto a lo que hoy se conoce como “corrección política”.

 

La realidad es que los bancos centrales históricamente han servido los intereses de políticos y gobernantes, resultando en su gran mayoría inmensamente perjudiciales para los ciudadanos. Lamentablemente, así como se descubren inmensos fraudes en las Naciones Unidas y nada pasa, el frecuente papel de la banca central de engañar y robar nunca se castiga y, a menudo, la gente ni siquiera se entera de lo que sucede.

 

En Venezuela se habla actualmente de borrarle tres ceros al bolívar. El valor del bolívar fue exactamente un gramo de oro desde 1879 hasta 1961, año en que el gobierno socialdemócrata de Rómulo Betancourt impuso la primera devaluación. A partir de entonces, el valor del bolívar ha perdido 80,000 por ciento con respecto al dólar. Pero poco se oye sobre ese robo descarado por parte de los gobiernos venezolanos a lo largo de 45 años.

 

En Argentina, entre 1971 y 1991, le borraron 17 ceros a la moneda. En 2001, la imposición del llamado corralito por el ministro "neoliberal” Domingo Cavallo significó la expropiación de cuentas bancarias por 40 mil millones de dólares, las cuales fueron reemplazadas por cuentas en pesos devaluados.

 

Ese inmenso fraude tiene un precedente poco recordado, la expropiación del oro en manos de ciudadanos de Estados Unidos por parte de Franklin Roosevelt en 1933. Tanto la gente como las empresas de este país fueron obligadas a entregar a la Reserva Federal todas sus tenencias en oro. El oro valía 26.67 dólares la onza cuando fue confiscado y las autoridades seguidamente le asignaron un valor de 35 dólares, de manera que los extranjeros que todavía podían redimir sus dólares en oro recibieran casi una tercera parte menos de ese metal.

 

Imaginemos lo que pasaría si algún empresario hiciera esas trampas a sus clientes. En comparación, los ejecutivos de Adelphia, Tyco y Enron son unos aprendices.

 

Claro, el patrón oro significaba que los gobiernos no podían imprimir dinero para comprar votos, creando inflación, la cual es el impuesto escondido que los políticos prefieren, ya que no tiene que ser aprobado por el Congreso y le sale costando mucho más a los pobres, quienes no tienen la opción de defender su patrimonio adquiriendo propiedades inmobiliarias o manteniendo sus ahorros en cuentas bancarias extranjeras.

 

Las guerras han causado las mayores tragedias de la historia y hasta la Primera Guerra Mundial casi todas las monedas del mundo estaban sujetas al patrón oro. A lo largo de varias décadas hasta que comenzó la Primera Guerra, el mundo occidental experimentó el mayor crecimiento económico de la historia porque se gozaba de amplia libertad tanto de comercio como de flujos de capitales y de mano de obra.

 

Desde 1934 hasta 1971, el valor del dólar se mantuvo fijo en 35 dólares la onza, pero el 15 de agosto de 1971 el presidente Richard Nixon anunció que Estados Unidos ya no redimiría sus billetes en oro, lo cual significó el fin del patrón oro y la politización de las monedas.

 

Aquellos que se sorprenden por la manera como el precio de las propiedades inmobiliarias se ha disparado en Estados Unidos durante los últimos años deben prestarle atención al hecho que para cuando George W. Bush asumió la presidencia, en enero de 2001, el precio del oro era de 295 dólares la onza. Cinco años más tarde, el oro vale 570 dólares la onza. Para quienes confiamos más en el libre mercado y en el oro que en los gobiernos y sus monedas politizadas, esto se está pareciendo bastante a una devaluación latinoamericana.

 

 ___* Director de la agencia AIPE y académico asociado de Cato Institute.

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