Pesos y contrapesos
Feb 8, 2013
Arturo Damm

Proyectar el futuro, ¿tiene sentido? (II)

Si los economistas no podemos, al menos no a ciencia cierta, predecir el futuro, entonces ¿cuál es nuestra tarea?

Las proyecciones que, en diciembre del 2011, y con relación al 2012, hicieron los economistas encuestados por el Banco de México[1], resultaron en términos generales acertadas, porque el escenario económico del 2012 fue, respecto al del 2011, inercial, lo cual quiere decir que no pasó algo extraordinario que modificara, tanto para bien, como para mal, dicho entorno. ¿Pero cuáles hubieran sido los resultados si, en contra de lo que pasó, sí se hubiera presentado un evento extraordinario? Los datos observados hubieran sido diferentes de los datos proyectados, tal y como sucedió, por última vez, en 2009.

En la encuesta correspondiente a diciembre de 2008 los economistas consultados predijeron, para finales del 2009, los siguientes resultados: 1) crecimiento de la producción de bienes y servicios: menos 0.11% 2) inflación: 4.6%; 3) tasa de interés (Cetes a 28 días): 7.30%; 4) tipo de cambio: $12.67; 5) creación neta de empleos en el sector formal de la actividad económica: más 81,000. ¿Cuáles fueron los resultados en 2009? 1) Crecimiento en la producción de bienes y servicios: menos 6.2%  2) inflación: 3.6%; 3) tasa de interés: 4.50%; 4) tipo de cambio: $12.50; 5) creación neta de empleos en el sector formal de la economía: menos 171,713.

¿Por qué en este caso, salvo por el caso del tipo de cambio peso – dólar, los datos observados sí difieren, considerablemente, de las proyecciones? Porque en 2009 se registró uno de esos hechos extraordinarios, la recesión, que si bien sí se esperaba, no se esperaba con la fuerza con la que, al final de cuentas, pegó. ¿De qué se trató? De algo imprevisible, precisamente aquello que no hay manera de prever.

Lo anterior viene a cuento porque en la Encuesta sobre las expectativas de los especialistas en economía del sector privado, correspondiente a enero del 2013, se les pregunta a los encuestados, en primer lugar, por la evolución de la inflación a largo plazo, esto es, ¡en un plazo de cinco a ocho años!, y, en segundo término, por el comportamiento de la producción de bienes y servicios, el PIB, ¡en los próximos diez años! Yo, a tales preguntas, solamente podría responder, con toda honestidad, “No sé” y, ¡si lo supiera!, jamás lo revelaría, porque de esa información privilegiada podría obtener un provecho enorme, que iría menguando en la medida en la que compartiera esa información con otros y esos otros fueran actuando en consecuencia.

Por curiosidad: 1) inflación promedio anual de cinco a ocho años: 3.5%; 2) crecimiento promedio anual del PIB en la próxima década: 4.0%. (Ojo: puro escenario inercial, sin reformas estructurales que dinamicen el crecimiento de la producción, la generación de ingreso y la creación de empleo, y que preserven mejor el poder adquisitivo del peso).

Si los economistas no podemos, al menos no a ciencia cierta, predecir el futuro, entonces ¿cuál es nuestra tarea? Señalar qué condiciones deben darse para lograr, al margen del número, el mejor resultado posible, algo que, desafortunadamente, pocos economistas entienden, no siendo, realmente, algo difícil de entender.


[1] Véase Encuesta sobre las expectativas de los especialistas en economía del sector privado, diciembre 2011.


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