LUNES, 20 DE MAYO DE 2013
Reforma fiscal y progreso económico (XVII)

¿Ud. está de acuerdo en que el gobierno mexicano regale 100 millones de dólares a gobiernos centroamericanos para frenar la inmigración?
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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Arturo Damm







“¿Todo recaudador de primer orden -el vendedor-, cobrará el IUV con el fin de pagarlo al recaudador de segundo orden -el gobierno-, con relación al cual resulta contribuyente?”


Tres son las condiciones que, desde la perspectiva tributaria, deben cumplirse para que el contribuyente tenga la obligación moral (ojo: moral, no legal), de tributar: 1) que los impuestos sean pocos; 2) que las tasas impositivas sean bajas; 3) que su cálculo y pago sea lo más sencillo posible. El Impuesto Único a las Ventas, el IUV, cumple con las tres condiciones que generan en el contribuyente la obligación moral de pagar impuestos, razón más que suficiente para considerarlo como sustituto del engredo tributario que padecemos, que por estar compuesto de muchos impuestos (15 a nivel Federal, a los cuales hay que sumarles los locales), cobrados a tasas elevadas (superiores al 50 por ciento en algunos casos), y cuyo cálculo y pago resulta complicado (al grado de que muchos contribuyentes necesitan un contador).

Llegados a este punto no hay manera de eludir la siguiente pregunta: el que el IUV, por cumplir con las condiciones necesarias para ello –único, bajo y fácil– genere la obligación moral de pagarlo, ¿supone que todo recaudador de primer orden, el que realiza la venta, lo cobrará con el fin de pagarlo al recaudador de segundo orden, el gobierno, con relación al cual resulta contribuyente? En este sentido la ventaja del IVA sobre el IUV es que para que X recupere el impuesto que pagó cuando le compró a Y tiene que cobrarlo cuando le vende a Z, de tal manera que todo recaudador de primer orden tiene un incentivo pecuniario para cobrar el impuesto, aliciente monetario que no está presente en el caso del IUV, razón por la cual muchos prefieren el IVA, aunque al final de cuentas la recaudación resulte menor.

Quienes critican el IUV por carecer de ese incentivo monetario, sobre todo partiendo del hecho, repetido una y otra vez por los economistas, de que los seres humanos respondemos a incentivos, y que los pecuniarios son estímulos muy eficaces para incentivar la conducta humana, tienen razón, lo cual nos plantea la siguiente pregunta: ¿de qué manera sustituir, en el caso del IUV, ese aliciente monetario para incentivar a los recaudadores de primer orden a cobrar el impuesto?

Con el IVA, dada la posibilidad de recuperar el impuesto pagado al momento de haber comprado sólo si se cobra al momento de vender, se premia el buen comportamiento del recaudador de primer orden. El premio es el incentivo para cumplir. Si con el IUV tal premiación es imposible, entonces ¿cómo incentivar el cumplimiento del recaudador de primer orden? No con algún premio, sino con algún castigo, que podría ser (el tema es discutible) una multa que se calcule, uno, en función del monto defraudado y, dos, en función de la inversa de la probabilidad de detectar el fraude. La fórmula sería la siguiente: M = CD x 1/P, en donde M es la multa a pagar, CD es la cantidad defraudada al fisco, y 1/P es la inversa de la probabilidad de que el fraude se detecte. ¿Cómo funcionaría? Lo vemos en la próxima entrega.

Continuará.

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