MIÉRCOLES, 12 DE OCTUBRE DE 2005
Alemania: El amor entre los puercos-espín

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No



“Si imprimir dinero ayudase a la economía, falsificar moneda debería ser legal.”
Brian Wesbury

Ricardo Medina







“La gran coalición que gobernará Alemania, encabezada por la demócrata-cristiana Angela Merkel, pero dominada en los ministerios por los social-demócratas, plantea un difícil juego de cooperación entre contrarios, con toda Europa a la espera de los resultados.”


Cuentan que el acertijo favorito en estos días del saliente canciller alemán Gerard Schröder es el siguiente: “¿Cómo hacen el amor los puercos-espín?”. La respuesta es elocuente aunque convencional: “Con mucho cuidado”.

 

Cuidado precisamente es lo que requieren tanto Merkel, como sus aliados liberales –en el sentido europeo del término, ojo– lo mismo que los social-demócratas que han debido ceder la jefatura del gobierno a Merkel a cambio de mantener una presencia casi abrumadora en los ministerios clave del nuevo gobierno. Cuidado para no salir lastimados de un matrimonio que, de entrada, no entusiasma ni a unos ni a otros pero que plantea un desafío para el arte de la buena política.

 

 La gran incógnita: ¿El forzado ayuntamiento entre liberales-conservadores, por un lado, y social-demócratas (con apéndices ex comunistas y radicales), por el otro, producirá algo más que una gran parálisis?

 

Vale ser optimistas aunque cautelosos. El optimismo proviene de la misma formación del gobierno de Merkel: Es ya una muestra de que, puestos a ser racionales, los contrarios acceden a cooperar en el juego de la política. Punto a favor de la idea de que la política no siempre tiene que ser un desastre o un estanque de fango.

 

Por supuesto, nadie ha cedido su plaza ideológica ni se ha pasado, con armas y bagajes, al bando contrario. Se espera que Merkel y los liberales insistan en las muy necesarias reformas estructurales que requiere Alemania para salir del marasmo del desempleo (12.6 por ciento) y recuperar competitividad; también se espera que Merkel y compañía renueven la relación con Estados Unidos y examinen con lupa la conveniencia de un eje franco-alemán.

 

Pero todo esto, en el mejor de los casos, tendrán que hacerlo con mucho cuidado, porque del otro lado –en el mismo gobierno, en la misma mesa y hasta en la misma cama- están los social-demócratas y sus inopinados aliados de izquierda trasnochada (pero maquillada para ponerse al día) que se oponen a las reformas y que detestan la hegemonía americana… Y los social-demócratas saben que una extensa franja del electorado teme a las reformas  y les apoyaría contra Merkel, en caso de necesitarlo.

 

La gran coalición es tan amplia que junta cosmovisiones radicalmente diversas; se diría que genéticamente opuestas. Pero así es el electorado hoy en Europa y en otras latitudes: Profundamente dividido entre la utopía del bienestar asegurado por el Estado y la aventura de la libertad personal.

 

Lo que está a prueba, en fin, es saber si la Merkel tiene madera y agallas para ser una Margaret Thatcher –se necesita fortaleza, pero también prudencia- o se quedará en el intento. Mientras tanto Europa observa atenta. En Alemania se podría estar cocinando una salida inteligente para el pasmo en el que vive.


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