LUNES, 5 DE AGOSTO DE 2013
El punto sobre la i
¿A usted le parece buena idea desperdigar el gobierno?
No
No sé

Arturo Damm





“No hay libertad para el hombre donde su seguridad, su vida y sus bienes están a merced del capricho de un mandatario”
Juan Bautista Alberdi

Uno podría pensar que ese mandatario (definido, según el DRAE, como la persona que ocupa por elección un cargo muy relevante en la gobernación y representación del Estado), al que se refiere Alberdi, es el típico monarca absoluto, o el inconfundible dictador totalitario, o el clásico gobernante demagogo, que no esconden ni su origen (no democrático), ni su manera de actuar (no republicana), pero ese mandatario al que se refiere Alberdi bien puede ser cualquier legislador de las democracias republicanas de hoy, o de las repúblicas democráticas contemporáneas, legisladores que hoy por hoy son la principal amenaza en contra de la libertad individual y la propiedad privada, y todo ello por la intención de hacer del gobierno, además de gobierno, desde ángel de la guarda hasta hada madrina, gobiernos ángel de la guarda y hada madrina que lo intentan ser violando la libertad individual y la propiedad privada, y todo ello avalado por leyes, redactadas y promulgadas por los legisladores, que por ello resultan mucho más peligrosos que los personajes ya mencionados: el típico monarca absoluto, el inconfundible dictador totalitario, el clásico gobernante demagogo, o el peor de todos: la combinación de los tres (si no es que cada uno, necesariamente, incluye a los otros dos).

¿Cuándo se vuelve el legislador ese mandatario (y no porque mande, sino porque redacta y promulga lo que realmente manda: las leyes) que amenaza la libertad individual y propiedad privada? Cuando, para todo efecto práctico, rechaza la existencia de los derechos naturales de la persona a la vida, la libertad y la propiedad, derechos que son anteriores y superiores al Estado, sus gobiernos y sus leyes, leyes, gobiernos y Estado que deben reconocerlos plenamente, definirlos puntualmente y garantizarlos jurídicamente, todo lo cual, si se hace, evita que el Estado, sus gobiernos y sus leyes se conviertan en una amenaza para las personas, limitándose a ser lo que deben ser: defensores de esos derechos, y nada más, algo que resulta imposible si los legisladores creen que son capaces, redactando y promulgando leyes, de crear derechos y, con ello, definiendo lo que es justo y lo que no lo es.

No por haber sido elegidos democráticamente (por la mayoría en las urnas), ni por actuar de manera republicana (de cara a los ciudadanos e incluso con su aval), los legisladores dejan de ser esa amenaza, a la que se refiere Alberdi, si redactan y promulgan leyes que violan la libertad individual y la propiedad privada, como lo hacen la mayoría de las leyes hoy en día.

Es preocupante ver de qué manera los legisladores deciden sobre temas, que van desde consumir o no consumir drogas, hasta ahorrar o no ahorrar, que nada más deben decidir las personas, tal y como es el caso de ahorrar o no ahorrar, o de drogarse o no drogarse, y tantos otros, en los cuales los legisladores pretende actuar, por medio de las leyes, como ángeles de la guarda (preservándonos de todos los males; por ejemplo: la drogadicción) y/o hadas madrinas (concediéndonos todos los bienes; por ejemplo: el ahorro), siendo que en ambos casos lo que único que hacen es violar la libertad de la persona, prohibiéndole drogarse en el primero, obligándola a ahorrar en el segundo, todo lo cual, por más buena que sea la intención, no deja de ser una arbitrariedad, propia del monarca absoluto, del dictador totalitario, del gobernante demagogo, todo lo cual hoy se sintetiza en los legisladores, cuyo origen puede ser democrático, cuya práctica puede ser republicana, pero cuyas leyes resultan demagógicas, totalitaria y absolutistas, desde las que prohíben la drogadicción, hasta las que imponen el ahorro.

No recuerdo quién dijo que nadie está a salvo mientas sesionan los legisladores. ¿Tenía o no tenía la razón?

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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