MARTES, 16 DE FEBRERO DE 2016
El punto sobre la i
Usted cree que en estos momentos México es...
Un país estable y sin crisis
Un país en bancarrota

Arturo Damm





“Las tres tentaciones que nos degradan son vanidad, orgullo y riqueza.”
Papa Francisco

El Papa pone en plano de igualdad lo que, por su propia naturaleza, no lo está. La vanidad y el orgullo son vicios, es decir, hábitos operativos malos, que efectivamente degradan a quienes los padecen (porque los vicios, y sobre todo sus consecuencias, se padecen). La riqueza, por el contario, no es un cierto tipo de conducta (por ejemplo: la viciosa), sino determinadas cosas, los bienes y servicios con los que satisfacemos nuestras necesidades (comenzando por los tres básicos, las tres A: aire, agua y alimento). La riqueza es la condición necesaria para salir de la pobreza. La riqueza, en concreto la disposición de bienes y servicios, es la condición necesaria para satisfacer las necesidades, de entrada las básicas, que son aquellas que, de quedar insatisfechas, atentan contra la salud y la vida de la persona. La riqueza no es una tentación, un estímulo que induce al deseo de algo inconveniente, sino una necesidad.

La riqueza no es el dinero, que no es más que el medio de intercambio de la riqueza y, como tal, una herramienta maravillosa que nos permite superar los límites del trueque y adquirir una mayor cantidad de bienes y servicios de los que podríamos adquirir si tuviéramos que limitarnos al trueque, lo cual hace posible satisfacer más necesidades, y/o satisfacer mejor las mismas necesidades, y/o satisfacer mejor más necesidades, todo lo cual eleva nuestro nivel de bienestar.

Hecha la aclaración se podrá decir que lo condenable, lo que sí es un vicio, no es la riqueza, sino el apego a la riqueza, apego que el diccionario define como la afición o inclinación hacia algo, algo que en este caso son los bienes y servicios con los que satisfacemos nuestras necesidades, comenzando por las básicas, de cuya satisfacción depende nuestra salud y nuestra vida. Ese apego, ¿es un vicio? La riqueza, los satisfactores, es el medio para lograr un fin: mantener la salud y la vida. ¿Uno tiene apego, es decir, afición e inclinación hacia su salud y su vida? Claro que sí. Ese apego, ¿es algo malo, un vicio que deba condenarse y rechazarse? Claro que no. Entonces, los medios para conseguir ese fin, ¿deben rechazarse y condenarse?

Dicho lo anterior se podrá argumentar que lo condenable, lo que sí es un vicio, no es el apego a la riqueza, sino la ostentación de la riqueza, y de la riqueza no destinada a la satisfacción de necesidades básicas, sino a la satisfacción de gustos, deseos y caprichos, ostentación que Thorstein Veblen llamó consumo conspicuo, y que consiste en hacer gala de grandeza, lucimiento y boato, lo cual puede implicar el dominio de algo (ciertos satisfactores, como los objetos de lujo) sobre alguien (la persona que los posee), mismo que sí presenta un problema de tipo ético: el dominio de algo sobre alguien y, por consiguiente, la pérdida de libertad de ese alguien frente a ese algo, tratándose del dominio de la cosa sobre la persona, algo que trastoca el orden natural, porque es la persona la que debe tener el dominio sobre la cosa, para lo cual debe tener dominio sobre sí misma, siendo ese autodominio (que supone la autodeterminación, el autogobierno y la autoposesión) la esencia de la libertad individual.

Poner a la riqueza al mismo nivel que los vicios es un error, mismo que comete el Papa Francisco, cuyas ideas en materia de economía, y la riqueza es el tema más importante de la economía, están equivocadas. La riqueza no es condenable (por más que ciertas maneras de conseguirla, las delictivas, sí lo sean; pero en tales casos lo condenable es el delito no la riqueza), tampoco el apego a la riqueza, sino la ostentación de ciertos bienes y servicios, que puede darse por un orgullo mal entendido y peor practicado (porque, dicho sea de paso, no todo orgullo es malo ni supone una conducta viciosa) y por vanidad (que, ésta sí, siempre supone una conducta viciosa).

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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