MARTES, 1 DE MARZO DE 2016
El punto sobre la i
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No sé

Arturo Damm





“Si uno piensa que la única manera de aumentar su bienestar es reduciendo el de otros, la idea del mercado libre es incomprensible.”
Ricardo Valenzuela

El bienestar de la gente depende de la cantidad, calidad y variedad de los bienes y servicios con los que cuenta, servicios y bienes que son satisfactores con los cuales se satisfacen necesidades, gustos, deseos, ¡y hasta caprichos!, cuya satisfacción es tan válida como la satisfacción de las necesidades básicas, que son aquellas que, de quedar insatisfechas, atentan contra la salud y la vida del ser humano, cosa que no sucede con los gustos, los deseos y los caprichos.

Consecuencia de la división del trabajo es que la gran mayoría de los satisfactores que necesitamos son producidos por alguien más, lo cual nos plantea la siguiente pregunta: ¿cuál es la manera correcta de adquirirlos? Para responder veamos qué opciones existen. Primera: recurrir a la benevolencia de los demás (pedir limosna). Segunda: recurrir al descuido (robo) o miedo (robo con violencia) de los demás. Tercera: recurrir al interés de los demás (ofrecerles algo a cambio de aquello que necesitamos y que ellos tienen). De estas tres opciones, ¿cuál es la más eficaz?

¿Podemos esperar de la benevolencia de los demás la satisfacción diaria de nuestras necesidades? No. ¿Y de su descuido? Tampoco. ¿Y de su miedo? Menos. La benevolencia, el descuido y el miedo de los demás no son maneras eficaces de adquisición (salvo una que ya veremos). Pero apelar al interés de los demás para satisfacer nuestras necesidades, ofreciéndoles algo a cambio de aquello que necesitamos, sí es una manera eficaz de adquirir satisfactores, a la cual podemos recurrir cuantas veces sean necesarias. Se trata del intercambio, ¡del mercado!, en el cual cada una de las partes involucradas valora más lo que recibe que lo da, siendo el resultado un mayor  bienestar para ambas partes. El intercambio es un juego de suma positiva, cuyo desenlace es el bien común. Común: ambas partes ganan. Bien: ambas partes ganan. En dos palabras: libre mercado.

Una posible manera de adquisición es recurrir al miedo, al robo con violencia, manera de adquisición que hace posible, en este caso sí de manera habitual, el Estado Benefactor, que en la práctica es el gobierno redistribuidor, quitándole a A lo que es producto de su trabajo, para darle a B lo que no es producto del suyo o, dicho de otra manera, cobrando impuestos con fines redistributivos para financiar el gasto social destinado a la satisfacción de las necesidades de los demás. Se trata de lo que Federico Bastiat llamó la expoliación legal, el robo con todas las de la ley, ley que lo hace legal pero no justo.

El Estado Benefactor, y su herramienta: el gobierno redistribuidor, hacen posible el robo consuetudinario, el quitarle a A, una y otra vez (los impuestos se cobran una y otra vez), lo que es producto de su trabajo, para darle a B, una y otra vez (el gasto social se ejerce una y otra vez), lo que no es producto del suyo, y esto a tal grado que hoy gobernar se ha vuelto sinónimo de redistribuir, y para comprobarlo basta revisar los presupuestos de egresos de los gobiernos. Como atinadamente ha señalado alguien. “El gobierno te hace el trabajo sucio: le quita el dinero a otros para dártelo a ti, pero entre esos otros también estás tú”, que seguramente recibes menos de lo que te obligaron a dar.

El mercado es la manera justa y eficaz de adquirir aquello que necesitamos y que, por obra y gracia de la división del trabajo, es propiedad de alguien más. Justa: ambas partes participan voluntariamente. Eficaz: el resultado es un mayor bienestar para todas las partes involucradas. ¿Sucede lo mismo con la redistribución del ingreso? No, claro que no: aumenta el bienestar de unos reduciendo el de otros (ineficaz), otros a quienes se les obliga a dar (injusto).

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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