MARTES, 9 DE AGOSTO DE 2016
El punto sobre la i
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Arturo Damm





“El ansia sin límites de beneficio no es en lo más mínimo algo idéntico al capitalismo, y todavía menos su espíritu. El capitalismo puede ser identificado con la limitación o al menos con la moderación racional de este impulso irracional.”
Max Weber

Más de un despistado ha considerado que la esencia del capitalismo es la avaricia de los capitalistas, ese afán de lucro sin límite, mismo que, bien analizadas las cosas, ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad (¿será parte de la naturaleza humana, de lo que nos hace ser como somos?), y no solamente a lo largo de lo que podemos llamar la era del capitalismo, relativamente reciente en tan ya dilatada historia.

El afán de lucro, el deseo intenso por la ganancia, la aspiración al beneficio, en sí mismo considerado, no es malo. ¡Al contrario! ¿Qué hubiera sido del ser humano sin ese afán? Sin ese deseo intenso, ¿habríamos llegado hasta donde hemos llegado en términos de progreso? Sin esa fuerte aspiración, ¿habríamos logrado todo lo que hemos logrado en materia de bienestar?

El afán de lucro, en sí mismo considerado, no es malo, pero lo que sí es malo es la intención de obtener un lucro, una ganancia, un beneficio, a cualquier precio, por medio de la conquista, el robo, el engaño, la esclavitud, como lo ha sido a lo largo de buena parte de la historia de la humanidad, incluida la era del capitalismo, pero no por lo que de capitalista tiene, sino por lo que de capitalista le falta. El beneficio así obtenido (conquista, robo, engaño, esclavitud) tiene como contrapartida el perjuicio de alguien más: el conquistado, el despojado, el engañado, el esclavizado. El resultado es un juego de suma cero.

El afán de lucro, por lo general, se proyecta sobre las propiedades de los demás, lo cual plantea esta pregunta: si el otro tiene algo que yo quiero, ¿cuál es la manera correcta de obtenerlo? Solo una: ofreciendo algo a cambio, oferta que parte de reconocer, ¡y respetar!, el derecho de propiedad del otro, reconocimiento y respeto que son, antes que cualquier otra cosa, la actitud ética indispensable para que funcione la economía de mercado, en el sentido literal del término, que es aquella en la cual se produce para vender y se compra para consumir, por lo que el intercambio (el mercado) es la actividad económica central, en torno a la cual giran todas las demás, comenzando con la producción y terminando con el consumo.

Siguiendo a Weber: el intercambio, que tiene su razón de ser a partir del afán de lucro de las partes que intercambian, implica el encausamiento racional de un impulso irracional, el afán de lucro, siendo el resultado un bien común: común, ambas partes ganan; bien, ambas partes ganan. Así, según Weber, el intercambio, actividad central en la economía de mercado (que puede identificarse con el capitalismo), permite el encausamiento racional de un impulso irracional: el afán de lucro. Hasta aquí Weber.

El afán de lucro, ¿es un impulso irracional? No, es uno de los principios de la acción humana. Cada vez que la persona actúa lo hace con la intención de lograr un fin, cuyo logro le supone una mejora, mejora que es un beneficio, una ganancia, literalmente un lucro. Ese afán, ¿tiene algo de irracional? No, pero lo que sí lo tiene son ciertas maneras de intentar mejorar, entre las que destacan las ya mencionadas: la conquista, el robo, el engaño, la esclavitud, el quitar sin dar, el usar el medio político (apropiación por medio de la fuerza), y no el económico (adquisición a través del intercambio), según la terminología de Franz Oppenheimer (El Estado, 1914), medio político que es el usado, ¡y abusado!, por cualquier gobierno, sobre todo por los que cobran impuestos con fines redistributivos, ¡prácticamente todos!

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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