MARTES, 27 DE SEPTIEMBRE DE 2016
El punto sobre la i
¿A usted le parece buena idea desperdigar el gobierno?
No
No sé

Arturo Damm





“Cae la cabeza del rey, y la tiranía se vuelve libertad. Luego, pedazo a pedazo, la cara de la libertad se endurece, y poco a poco se vuelve la misma cara de la tiranía. Después otro ciclo, y luego otro más. Pero bajo el juego de todos estos opuestos hay algo fundamental y permanente: la ilusión básica de que el hombre puede ser gobernado y al mismo tiempo ser libre.”
H. L. Mencken

¿Puede el ser humano ser gobernado y al mismo tiempo ser libre? Mencken opina que no, y que creerlo es una ilusión. ¿Será? ¿Ser libre solamente es posible en anarquía, entendida como ausencia de gobierno? La respuesta depende de las respuestas que demos a estas dos preguntas. ¿Qué quiere decir ser gobernado? ¿Qué quiere decir ser libre? Y, sobre todo, ¿cómo entender correctamente estos conceptos?

Ser gobernado quiere decir ser mandado por otro, quien tiene el poder, legítimo o ilegítimo, para ordenar y para castigar al desobediente. ¿Cuál es la única orden que alguien debe darle a otro, inclusive sin legitimidad y sin el consentimiento del otro? “No violarás los derechos de los demás”, derechos que son naturales, con los que la persona es concebida (vida, libertad individual y propiedad privada), o contractuales, que la persona adquiere voluntariamente por así haberlo acordado con alguien más (todo contrato supone, para las partes contratantes, obligaciones y derechos). Ser legítimamente gobernado quiere decir estar sujeto a una sola orden, “No violarás los derechos de los demás”, y ser sujeto de castigo en caso de desobediencia. Esto, ¿es compatible con ser libre?

La orden “No violarás los derechos de los demás”, ¿limita la libertad del ser humano? Sin duda alguna, pero la pregunta es si la limita justa o injustamente. Que haya una orden que prohíba violar los derechos de los demás, y una autoridad responsable de hacerla valer, ¿resulta injusto? Obligar a X a respetar los derechos de Y, respeto que le otorga a X la autoridad moral para exigir que Y respete los suyos, ¿resulta injusto? No, por ser ese, el respeto a los derechos de los demás, el único límite válido para la libertad individual. Se ha dicho muchas veces, pero no por ello deja de ser cierto: mi libertad debe llegar hasta donde comienzan tus derechos, y si yo no lo reconozco, y si con mi conducta traspaso esos límites y violo tus derechos, debe haber alguien que me lo prohíba y que, de no hacer caso a la prohibición, me castigue. Debe haber alguien que me gobierne, gobierno que no debe ir más allá de esa prohibición y de ese castigo, prohibición y castigo que es, ni más ni menos, lo que yo exigiría para cualquiera que violara mis derechos, por lo que debo exigírmelo a mi mismo.

El problema es que gobernar se ha extendido mucho más allá de prohibir violar los derechos de los demás y de castigar a quien los viole. Hoy gobernar supone, además, prohibir hacerse daño a uno mismo, obligar a hacerle el bien a los demás, y obligar a hacerse el bien a uno mismo, todo lo cual sí es incompatible con ser libre, con ser verdaderamente libre, porque a lo único a lo que debe obligarse al ser humano es a no violar los derechos de los demás.

Ser legítimamente gobernado, si por ello entendemos estar sujeto a una sola orden, “No violarás los derechos de los demás”, sí es compatible con ser verdaderamente libre, si por ello entendemos hacer lo que nos dé la gana, siempre y cuando al hacerlo respetemos los derechos de los demás. Lo ideal es que cada uno se gobierne a sí mismo (autogobierno), en función de esa única orden. Sin embargo, nunca falta alguien incapaz de autogobernarse, y por él es que necesitamos un gobierno, capaz de imponer el único límite válido a la libertad individual: el respeto a los derechos de los demás, lo cual coincide con el ideal liberal por excelencia: “Respetando los derechos de los demás, haz lo que quieras”.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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