MIÉRCOLES, 16 DE NOVIEMBRE DE 2016
El punto sobre la i
¿Usted está de acuerdo en que se eliminen las comisiones bancarias?
No
No sé

Arturo Damm





“¿No deberían escandalizarnos las fronteras políticas, es decir, los muros virtuales que separan a los pueblos?”
Adrián Ravier

Debe indignarnos cualquier límite a la libertad de la persona para relacionarse con personas de otra nacionalidad, de cualquier manera, en cualquier grado, en cualquier circunstancia, siempre y cuando esa relación no suponga la violación derechos (que realmente lo sean) de terceros.

Deben irritarnos las garitas con guardias fronterizos, los pasaportes, las visas, los permisos para trabajar, estudiar, residir en países distintos al de uno, y todo lo que elimina o limita el libre tránsito de personas entre países, y la libre permanencia de personas en países, sobre todo si al hacerlo respetan los derechos (que realmente lo sean) de los demás.

Deben molestarnos las prohibiciones a las importaciones, los permisos previos de importación, las cuotas de importación, los aranceles, y todo aquello que elimina o limita las relaciones comerciales entre personas de distinta nacionalidad, con una sola condición: que quienes así se relacionen respeten los derechos (que realmente lo sean) de las otras personas.

Debe preocuparnos la posibilidad de que un gobernante, de manera legal, apoyado en normas jurídicas redactadas y promulgadas por legisladores electos democráticamente, tenga el poder (que no es lo mismo que tener el derecho) para prohibirle a los ciudadanos de su país comprar lo que les dé la gana (cualquier bien o servicio), a quien les dé la gana (nacional o extranjero), y en dónde les dé la gana (en su país o en otra nación).

Debemos preguntarnos cómo es posible que el gobierno haya llegado tan lejos, violando los derechos naturales de los ciudadanos a la libertad individual y a la propiedad privada, comenzando por el ámbito del mal llamado comercio internacional, y escribo “mal llamado” porque las naciones no comercian entre sí, solo las personas, pudiendo ser de la misma nacionalidad o de nacionalidad distinta, lo cual, para efectos de la justicia (respetar el derecho a la libertad individual y a la propiedad privada) y de la eficacia (reducir el grado de escasez y aumentar el nivel de bienestar) que supone el comercio, resulta lo de menos: en materia de comercio lo que importa es lo que sucede (intercambio de satisfactores) y su resultado (mayor bienestar para cada una de las partes, ya que cada una valora más lo que recibe que lo que da a cambio), no la nacionalidad de los participantes, que resulta total, absoluta y definitivamente irrelevante.

Y sin embargo a eso que es total, absoluta y definitivamente irrelevante, la nacionalidad de quienes comercian voluntariamente, es a lo que los mercantilistas proteccionistas, desde el campo empresarial hasta el político, pasando por el académico y el de la opinión pública, le dan importancia y, de llegar a tener poder para ello, imponen todo tipo de lastres y obstáculos a las relaciones comerciales entre personas de distinta nacionalidad, algo que encontramos no solo en el típico esquema proteccionista, sino también en los tratados de libre comercio, que suponen un intercambio comercial más libre que en el proteccionismo, pero no tan libre como en el verdadero librecambismo.

Lo que debe atemorizarnos es la posibilidad de que un gobernante, de manera legal, con la ley por delante, pueda prohibirle a sus ciudadanos comprar lo que lo que les dé la gana, a quien les dé la gana, y en dónde les dé la gana, todo ello con muros virtuales, no necesariamente físicos, que encontramos en cualquier frontera entre países, y que nos recuerdan lo mucho que falta para que seamos total y absolutamente libres, con una sola limitación: respetar los derechos (que realmente lo sean, ¡todo un tema!) de los demás.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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