MARTES, 22 DE NOVIEMBRE DE 2016
El punto sobre la i
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No
No sé

Arturo Damm





“Cuando dos hombres comercian entre ellos es, indudablemente, para ventaja de ambos. El caso es exactamente el mismo entre dos naciones.”
Adam Smith

Cualquier intercambio comercial es un juego de suma positiva (ambas partes ganan), por lo que el resultado es el bien común (común: ambas partes ganan; bien: ambas partes ganan). Intercambio igual a bien común, a suma positiva, ¿por qué? Porque cada una de las partes involucradas valora más lo que recibe que lo que da a cambio, lo cual eleva su bienestar. Este hecho es tan evidente que, como lo apuntó el mismo Smith en La Riqueza de las Naciones, no requiere de comprobación empírica. Es un axioma.

Esta afirmación obvia (del intercambio ambas partes ganan), este hecho evidente (todo intercambio es un juego de suma positiva), que son verdad cuando de dos personas se trata, también es verdad, señala Smith, cuando de dos naciones se trata, por lo que, si prohibir el intercambio entre dos personas resulta en un menor bienestar para ellas, lo mismo sucede cuando se prohíbe para las naciones: su bienestar será menor. Smith apunta que toda persona está motivada por el deseo de mejorar su condición (de elevar su bienestar), y prohibir ciertos intercambios limita las posibilidades de lograrlo. Esto, que es verdad para las personas, también lo es para las naciones, por lo que, asegura Smith, lo que no debe prohibirse a las personas (intercambiar libremente), tampoco debe prohibirse a las naciones. Conclusión: sí al libre comercio, que es el que se da entre naciones.

En su argumento a favor del libre comercio Smith pasa por alto lo siguiente: las naciones no comercian entre sí; la Gran Bretaña no comercia con Francia; en todo caso un británico comercia con un francés y un francés comercia con un británico, no siendo importante, para el propósito de analizar las motivaciones (toda persona actúa con la intención de mejorar su condición) y sobre todo las consecuencias de ese intercambio (las partes involucradas elevan su bienestar), la nacionalidad de quienes intercambian: lo mismo da que sean dos británicos intercambiando, o dos franceses intercambiando, o un francés y un británico intercambiando, algo que no se acaba de entender y que ha dado como resultado todo lo que todavía queda, ¡qué no es poco!, de proteccionismo, en todas sus modalidades: prohibición de importaciones; cuotas y permisos previos a las importaciones; aranceles a las productos importados, etc.

El que, por obra y gracia de la última ola de globalización, que se inició al final de la Segunda Guerra Mundial con la creación del GATT, y que ahora se ve amenazada por lo que algunos llaman “el malestar con la globalización”, se haya logrado un intercambio menos limitado entre personas de distinta nacionalidad (recordemos: las naciones no comercian entre sí, eso solo lo pueden hacer personas, que bien pueden ser de distinta nacionalidad), no quiere decir que en ese ámbito de la acción de humana (el intercambio comercial), se reconozca plenamente, defina puntualmente y garantice jurídicamente el derecho de cada quien a comprar, lo que le dé la gana, a quien le dé la gana (nacional o extranjero), donde le dé la gana (en su país o en el extranjero). Hoy los gobiernos tienen el poder (¡que no es lo mismo que el derecho!), para prohibir o limitar el intercambio comercial de sus ciudadanos con ciudadanos de otros países, lo cual es, antes que otra cosa, una injusticia: la violación del derecho a la libertad para usar de nuestra propiedad de la manera que consideremos más eficaz para lograr mejorar nuestra condición.

En materia de comercio lo que importa es la motivación para comerciar y las consecuencias del comercio, no la nacionalidad de quienes comercian, algo que los mercantilistas, proteccionistas y demás nacionalistas económicos no entienden.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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