LUNES, 23 DE ENERO DE 2017
El punto sobre la i
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Arturo Damm





“Mientras que enfrentar la pobreza no tiene objeción moral alguna, el tema de la desigualdad no es tan fácil de defender.”
Macario Schettino

Los pobretólogos (dícese de quienes, profesionalmente, se dedican al estudio de la pobreza), con frecuencia confunden pobreza con desigualdad, proponiendo soluciones para la segunda, que no son soluciones para la primera.

Una cosa es la pobreza, definida como la incapacidad de los pobres para, por la vía de un trabajo lo suficientemente productivo, y por ello bien pagado, generar el ingreso que les permita, por lo menos, satisfacer correctamente sus necesidades básicas, que son aquellas que, de quedar insatisfechas, atentan contra la salud o la vida del ser humano, y otra la desigualdad, que en este caso es la desigualdad de ingresos, definida como la diversa capacidad para generar ingreso y, por ello, la diversa capacidad para disponer de bienes y servicios.

Puede haber igualdad en la pobreza: todos tienen la misma capacidad para generar ingreso, pero éste resulta insuficiente para satisfacer, por lo menos, las necesidades básicas. También puede haber igualdad en la riqueza: todos tienen la misma capacidad para generar ingreso, y éste resulta suficiente para la satisfacción de las necesidades básicas, gustos, deseo y caprichos, sin olvidar el ahorro.

Desde el punto de vista del bienestar de las personas, que depende de la cantidad, calidad y variedad de los bienes y servicios de los que disponen para satisfacer necesidades, gustos, deseos y caprichos, ¿cuál es el problema: la desigualdad o la pobreza? Supongamos, uno, el país X, con un nivel de precios Y, y con desigualdad y pobreza. Supongamos, dos, que el ingreso de todos sus habitantes se multiplica por mil, por lo cual la desigualdad sigue siendo exactamente la misma, pero con el nivel de precios Y se acabó con la pobreza, porque con el nuevo ingreso alcanza y sobra, ¡se puede ahorrar!, para satisfacer necesidades, gustos, deseos y caprichos. El problema es la pobreza, la incapacidad de los pobres para generar ingreso suficiente, no la desigualdad, la heterogénea capacidad para generar ingreso.

Hasta aquí he hablado de la capacidad para generar ingreso como la causa de la riqueza. ¿Qué pasa con quienes heredan un patrimonio considerable, sin haberlo generado? ¿Tienen o no derecho a la herencia que les otorga, según algunos, una ventaja indebida? Lo primero que considero es que la pregunta está mal hecha. A la hora de considerar el tema de las herencias lo que cuenta no es el derecho de quien recibe a recibir, sino el derecho de quien da a dar, derecho a dar que forma parte del derecho a la propiedad, que es el derecho a la libertad para usar, disfrutar y disponer de lo que es de uno, y entre las posibles disposiciones está heredar. Lo segundo que considero es que es digno de heredar (de recibir) quien es capaz de multiplicar, vía el trabajo productivo, lo heredado (lo heredado). Y si no es digno, ¿debe recibir? Sí.

El objeto de estudio de los pobretólogos debe ser la pobreza, no la desigualdad, y el estudio de la pobreza, si por tal entendemos el estudio de las causas de la pobreza, debería de convertirse en el estudio de la riqueza, de las causas de la riqueza, de la capacidad para, por la vía de trabajos productivos, generar ingresos suficientes. Más que pobretólogos necesitamos ricotólogos (dícese de quienes, profesionalmente, se dedican al estudio de la riqueza).

Afirma Schettino que enfrentar la desigualdad, entendido tal enfrentamiento como el conjunto de políticas públicas destinadas a eliminarla, es algo que moralmente no resulta fácil defender. De hecho es indefendible, ya que el común denominador de esas políticas públicas es la redistribución del ingreso: el gobierno le quita a A lo que es de A, lo que es producto de su trabajo, para darle a B lo que no es de B, lo que no es producto de su trabajo, todo lo cual no pasa de ser un robo legal.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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