LUNES, 9 DE ABRIL DE 2018
El punto sobre la i
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Arturo Damm





“Los liberales no endiosamos el mercado. Lo consideramos el ámbito menos malo para estructurar la cooperación económica a gran escala.”
Juan Ramón Rallo

Endiosar al mercado, ¿qué quiere decir? Reconocerle la naturaleza propia de Dios, reconocimiento falso porque el mercado no tiene la naturaleza propia de Dios, naturaleza propia de Dios que solamente tiene Dios. Y, sin embargo, a los liberales se nos acusa, una y otra vez, de endiosar al mercado. ¿De qué se nos acusa a los liberales cuando se nos acusa de endiosar al mercado? De creer que el mercado es capaz de solucionarlo todo, lo cual obviamente no es cierto. ¿Habrá algún liberal que realmente lo crea? Según Rallo no: los liberales no endiosamos al mercado ni, dicho sea de paso, a cualquier otra institución, organización o persona. Los liberales no endiosamos, ni siquiera a la libertad, endiosamiento que no tendría ningún sentido.

Rallo afirma que los liberales no endiosamos al mercado, pero que sí lo consideramos “el ámbito menos malo para estructurar la cooperación económica a gran escala”, momento de preguntar si el mercado es el ámbito menos malo para lograr esa estructuración o resulta la única institución justa (porque respeta los derechos de los agentes económicos) y eficaz (porque maximiza lo más posible el bienestar de la gente), por lo que ya no sería la menos mala sino la mejor posible.

Para responder tengamos en cuenta que el mercado es la relación de intercambio entre compradores y vendedores, relación que requiere de ciertas reglas del juego, que se sintetizan en una sola: “Cumple tu palabra”, lo cual da como resultado el cumplimiento del contrato, formal o informal, que todo intercambio supone entre comprador y vendedor, quienes adquieren derechos y obligaciones, a los que con toda propiedad podemos calificar de contractuales. Comprador: adquiere el derecho de recibir la mercancía comprada y la obligación de pagarla. Vendedor: adquiere la obligación de entregar la mercancía vendida y el derecho de que le paguen.

Partiendo de la división del trabajo, y consecuencia de ella del hecho de que buena parte de los bienes y servicios que necesitamos o queremos fueron producidos por alguien más, por lo que son propiedad de alguien más, la manera justa y eficaz de acceder a los mismos es por medio del intercambio. Justa porque se respeta la propiedad de los demás. Eficaz porque cada parte valora más lo que recibe que lo da.

Gracias a la división del trabajo producimos más, ¡mucho más!, de lo que produciríamos en una situación de autarquía. Pero la división del trabajo tiene sentido si el intercambio es posible, por lo que, siendo posible, y para que lo sea lo único que se necesita es que nadie lo impida, es la conducta (compra – venta) y la institución (cumple tu palabra), que hace posible la división del trabajo y, por ello, la coordinación espontánea, ¡en función del interés de cada quien!, de todos los agentes económicos, desde los productores originales hasta los consumidores finales, todo lo cual supone, no el “ámbito menos malo” para conseguir esa cooperación, sino el mejor posible.

El mercado es la relación de intercambio entre compradores y vendedores, relación que, como todas las relaciones entre seres humanos, debe estar normada, y en el caso del mercado la norma es “Cumple tu palabra”, de tal manera que el mercado es el intercambio (acción humana) y la norma que lo rige (institución), intercambio y norma que nadie ha endiosado, pero que muchos hemos reconocido como lo justo y eficaz para, respetando los derechos de los agentes económicos, aumentar el bienestar de la gente.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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