MIÉRCOLES, 6 DE JUNIO DE 2018
El punto sobre la i
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Arturo Damm





“La democracia es el derecho de la gente a elegir a su propio tirano.”
James Madison

Tirano, nos lo dice el diccionario, es “quien obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad”, y/o “quien abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia, o, simplemente, quien impone ese poder y superioridad en grado extraordinario”, de tal manera que lo que define al tirano no es el poder sino la manera de obtenerlo y/o la forma de usarlo, poder que siempre es el de obligar, prohibir y castigar.

Parafraseando a Madison podemos decir que “la democracia es el derecho de la gente a elegir a su propio gobernante”, siendo el gobernante, nuevamente según el diccionario, el “que gobierna”, el que ejerce el gobierno, siendo el gobierno “el mandar con autoridad o regir algo”, el “dirigir un país o una colectividad política”, el “guiar y dirigir”, todo lo cual, según Madison, no puede hacerse más que de manera tiránica. Su frase no deja lugar a dudas: la democracia es el derecho de la gente a elegir a su propio tirano, debiendo preguntarnos si la elección democrática del tirano atempera sus inclinaciones tiránicas, que son inclinaciones a abusar del poder para obligar, prohibir y castigar. ¿Un tirano elegido democráticamente es menos tirano que uno que llegó al poder de manera autocrática? ¿La manera de llegar al poder determina, por lo menos hasta cierto punto, la forma de ejercerlo?

¿Es cierto lo que dice Madison: todo gobernante, comenzando por los elegidos democráticamente, son tiranos que, de una u otra manera, en mayor o menor grado, abusan del poder para obligar, prohibir y castigar? Para responder debemos preguntarnos ¿en qué casos se justifica que el gobernante obligue, prohíba o castigue? o, dicho de otra manera, ¿en qué casos esa obligación, esa prohibición, ese castigo, no violan los derechos de los ciudadanos? En uno solo: cuando lo que se prohíbe es violar derechos de los demás, cuando lo que se castiga es la violación de los derechos de los demás. Lo anterior quiere decir que de los tres poderes –obligar, prohibir y castigar– solo los dos últimos –prohibir y castigar– se justifican en el caso del gobierno.

En una sociedad en la cual se respetan los derechos de la persona la tarea del gobierno se limita a prohibir que se violen dichos derechos y a castigar a quien los viole. En la sociedad liberal, en la cual se reconoce que respetando los derechos de los demás cada quien podrá hacer lo que le de la gana, prohibir y castigar son los dos legítimos poderes del gobierno, quedando excluido el poder para obligar. Allí donde el gobierno obliga a hacer algo se hace un uso tiránico del poder, tal y como es el caso hoy, tal y como ya lo era en tiempos de Madison, pudiendo ser ésta la razón de su afirmación: la democracia es el derecho de la gente a elegir a su propio tirano que, no por haber sido elegido democráticamente, deja de ser tirano y, como tal, de abusar de su poder, no solo porque además de prohibir obliga, sino porque prohíbe conductas que no debería prohibir.

El gobierno solo debe prohibir las conductas que violan derechos de terceros. El gobierno solo debe castigar las conductas que violan derechos de terceros. Si así sucede el gobernante permanece gobernante sin degenerar en tirano. El problema, para los ciudadanos, es que así no sucede, y muchas veces no sucede de forma democrática, es decir, con la venia de la mayoría. ¿Hasta qué punto la democracia no ha degenerado en la tiranía de la mayoría?

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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