MIÉRCOLES, 27 DE JUNIO DE 2018
El punto sobre la i
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Arturo Damm





“En la sociedad occidental hemos pasado de la defensa de la libertad a la exigencia de la gratuidad. Y lo vamos a pagar muy caro.”
El Club de los Viernes

En la sociedad occidental hemos pasado, si es que alguna vez realmente estuvimos allí, del gobierno gobierno al gobierno ángel de la guarda y al gobierno hada madrina, el primero con la intención de preservarnos de todos los males, el segundo con la intención de concedernos todos los bienes, lo cual debe llevarnos a hacernos esta pregunta: el gobierno, ¿de qué males debe preservarnos y qué bienes debe proveernos?, pregunta que se reformula de esta manera: el gobierno, ¿qué debe hacer? ¿Debe el gobierno, como si fuera un ángel de la guarda, preservarnos de todos los males, incluidos los que podemos hacernos a nosotros mismos? ¿Debe el gobierno, como si de una hada madrina se tratara, concedernos todos los bienes, desde la cuna hasta la tumba? Si la respuesta a ambas preguntas es no, ¡y en los dos casos la respuesta es no!, entonces ¿de qué males debe preservarnos el gobierno y qué bienes debe proveernos?

Una creencia muy extendida es que el gobierno debe, en su calidad de hada madrina, satisfacer necesidades, por lo menos las básicas de aquellos incapaces de satisfacerlas por sí mismos, necesidades que en muchas casos han sido identificadas arbitrariamente con derechos, y así se habla del derecho a la vivienda, al agua, a la alimentación, a la educación, a la atención médica, etc.

Esta creencia – el gobierno debe satisfacer necesidades – se la han creído los ciudadanos, quienes exigen del gobierno dicha satisfacción, para lo cual el gobierno debe proveer los satisfactores, para lo cual, o los produce, o los compra. Si los produce actúa como empresario, tarea que no le corresponde. Si los compra debe cobrar impuestos con fines redistributivos, lo cual da origen a lo que Federico Bastiat llamó la expoliación legal: el gobierno le quita a Juan lo que, por ser producto de su trabajo, es de Juan, para darle a Pedro lo que, por no ser producto de su trabajo, no es de Pedro, mismo que se acostumbra a la gratuidad y termina exigiéndola. Al respecto tres reflexiones.

Primera. Ningún gobierno puede darle todo a todos, por lo que solamente es capaz de darle algo a algunos, y eso que a algunos les da previamente se lo tuvo que haber quitado a otros, todo ello con un agravante: como el gobierno cobra por quitar y dar nunca regresa, ni en efectivo ni en especie, la misma cantidad que quitó.

Segunda. Si la persona debe vivir gracias al esfuerzo propio y tiene derecho al producto íntegro de su trabajo, y si la ayuda que se presten las personas debe ser voluntaria, no obligatoria, entonces el Estado Benefactor y su principal agente, el gobierno redistribuidor, no se justifican.

Tercera. Hoy gobernar es sinónimo de redistribuir, de satisfacer necesidades, lo cual, si el gobierno pudiera hacerlo sin pasarle la cuenta a los ciudadanos, si pudiera proveer los satisfactores de manera verdaderamente gratuita para todos, sería algo bienvenido. El problema es que no se puede, aunque muchos crean, o quieran creer, que sí es posible.

Recordemos la oración clásica: “No hay tal cosa como una cena gratis”.  Alguien paga o a alguien lo obligan a pagar. Cuando el que invita es el gobierno sucede lo segundo: al contribuyente lo obligan a pagar.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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