LUNES, 16 DE JULIO DE 2018
El punto sobre la i
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Arturo Damm





“El libertarismo, entonces, no es una filosofía de vida. No tiene la pretensión de indicar cómo la humanidad puede vivir mejor. No traza fronteras entre lo oportuno y lo inoportuno.”
Walter Block

El libertarismo, o liberalismo libertario, es una doctrina política, que no debe confundirse con una filosofía de vida, a favor de la libertad individual (¿puede haber otra libertad que no sea la de cada individuo?), a favor del derecho de cada persona sobre sí misma (sus ideas, expresiones, intenciones, acciones), sin otro límite que el respeto a los derechos de los otros, el respeto a su vida, libertad y propiedades.

El liberalismo libertario no es, y no da pie a, un proyecto político, económico o social, mucho menos a un proyecto de nación, siendo algo mucho más sencillo y, tal vez por ello, mucho más importante. El liberalismo libertario es un principio, una idea para regir la conducta, una norma para guiar la acción humana, que se expresa así: “Respetando los derechos de los demás, haz lo que quieras”, principio que es la base de la convivencia civilizada, en la cual el único uso legítimo de la fuerza es el que se usa para evitar que alguien viole los derechos de alguien más y, de no conseguirlo, para castigar a quien los haya violado.

¿Qué es lo único que, legítimamente, debe prohibírsele al ser humano? Violar los derechos de los demás, es decir, cometer injusticias, sobre todo si por justicia entendemos, como Ulpiano, “la constante y perenne voluntad de darle a cada quien lo suyo”, siendo lo suyo de cada quien el derecho de cada cual, de tal manera que la justicia es la virtud por la cual respetamos los derechos de los demás, respeto que no debe dejarse a la decisión de cada quien sino exigido a todos por igual, para lo cual se requiere de una organización con la legitimidad y fuerza suficientes para exigirlo a todos por igual. A esa organización se le da el nombre de gobierno, cuyas legítimas tareas, si hemos de convivir civilizadamente, deben realizarse.

Si se pretende que la gente conviva civilizadamente debe dejarse clara la regla del juego (respetando los derechos de los demás, haz lo que quieras) y debe haber policía, jurado, juez y verdugo. Policía para vigilar que los ciudadanos respeten la regla del juego y para atrapar a quien la viole. Jurado para determinar si el acusado de haber violado la regla del juego es o no culpable. Juez para, en el caso de que el acusado resulte culpable, dictar sentencia. Verdugo para llevarla a cabo. Además, para que no haya lugar a dudas, se necesita de alguien que, de manera escrita, deje claro cuál es la regla del juego básica, alguien a quien podemos darle el nombre de legislador, el que redacta y promulga leyes.

Allí donde la intención es que la gente conviva civilizadamente se requieren estas seis tareas: 1) redactar y promulgar leyes; 2) vigilar que los ciudadanos las obedezcan; 3) atrapar a quien haya desobedecido; 4) determinar si quien se supone que desobedeció una ley realmente la desobedeció; 5) si la desobedeció imponerle un castigo; 6) castigarlo. Estas tareas, independientemente de cómo se le llame a quienes las lleven a cabo, son las tareas propias del gobierno. ¿Puede haber convivencia civilizada sin gobierno, es decir, sin leyes, policías, jurados, jueces y verdugos?

Volviendo a la frase de Block, el liberalismo libertario no es una filosofía de vida, una receta por la que los liberales libertarios pretenden decirle a los demás cómo deben vivir su vida. El liberalismo libertario es un principio, una norma de conducta, que rige la convivencia civilizada: “Respetando los derechos de los demás, haz lo que quieras”, principio que recuerda esta frase de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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